Entre tradición, economía del repertorio y memoria corporal, esta pieza opera como marcador temporal. Cada fin de año, El Cascanueces reaparece en escena. Antes incluso de que la música suene por completo, ya está ahí: como melodía anticipada, como escenografía reconocible, como clima. No vuelve como novedad, sino como ritual. Uno que se repite, se hereda y se actualiza sin perder eficacia.
Nieve cayendo desde lo alto del escenario, niños corriendo entre las filas del teatro y la partitura de Tchaikovsky como el olor al bizcochuelo de la abuela: un recuerdo compartido. El argumento es mínimo y conocido —una niña, un regalo, un sueño que se transforma—, pero lo que regresa cada diciembre no es ese relato, sino la experiencia que lo rodea. En esa insistencia se abre una pregunta central para la danza: ¿cómo se habita una obra que pertenece al pasado y, al mismo tiempo, sigue operando en el presente?
Desde Nueva York hasta Buenos Aires, desde Londres hasta Tokio, El Cascanueces se presenta casi en simultáneo. No es solo una pieza del repertorio clásico: es un ritual global sincronizado. A diferencia de otros títulos del canon, no promete sorpresa sino reconocimiento. No inaugura la época navideña: la confirma. “Es el único que se presenta siempre en una fecha determinada, asociado a la Navidad. Además, muchísima gente llega por primera vez a la danza a través de él”, nos explica la historiadora de danza Lucía Chilibroste.

Escena de una representación del ballet El Cascanueces - Teatro Colón 2025. Fotografía de Carlos Villamayor, gentileza Teatro Colón.
Estrenado en 1892 en San Petersburgo, no fue un éxito inmediato. Su consolidación como cita estable de las épocas festivas es un fenómeno del siglo XX, impulsado especialmente por la versión de George Balanchine para el New York City Ballet y su difusión masiva por televisión. Desde entonces, la obra dejó de ser solo repertorio para convertirse en acontecimiento estacional. Ese estatuto no es solo simbólico: tiene consecuencias concretas en la forma en que las compañías producen, programan y sostienen sus temporadas.
La economía de la repetición
Esta práctica no se sostiene solo en la emoción: responde también a una lógica material concreta. En los países anglosajones, es una de las principales fuentes de financiamiento de las compañías artísticas. En el New York City Ballet, este título llega a representar cerca del 45% de los ingresos anuales por venta de entradas, según señaló su directora ejecutiva, Katherine Brown. Ahí, la repetición es condición de posibilidad.
Desde la escena local, la periodista especializada en danza Laura Falcoff nos contó que, aunque en Argentina la escala es distinta, la lógica es similar: “Te asegurás un público mucho más amplio. Tenés niños y familias dentro de la sala, cosa que no siempre pasa con otros programas del año.” En ese sentido, funciona como pieza iniciática: para muchos intérpretes y espectadores, es el primer contacto con el mundo del ballet. Pero esa lógica no se inscribe sólo en la programación, se encarna.

Escena de una representación del ballet El Cascanueces - Teatro Colón 2025. Fotografía de Carlos Villamayor, gentileza Teatro Colón.
El cuerpo como archivo
Ese gesto no es solo institucional: también es corporal. En el ballet, el cuerpo actúa como un archivo vivo que se reactiva año tras año. Cada reposición implica volver a habitar una coreografía conocida desde un presente distinto.
Desde la práctica pedagógica, Noelia Ivaskovic, docente y directora del Ballet Estudio María Cecilia Díaz, entiende esta lógica como parte central de la danza en sí. “Uno repite lo mismo para que algo cambie. Ese proceso te lleva a la evolución”. La permanencia de la forma no implica inmovilidad. Cada función es distinta porque los cuerpos cambian, el tiempo pasa y la experiencia se reescribe.
Para muchos bailarines, esta creación marca hitos biográficos precisos: la primera experiencia escénica en la infancia, el ingreso al cuerpo de baile, el debut en un rol protagónico. La obra deja de ser una creación fija: se vuelve experiencia. El ritual no se conserva intacto, se ejecuta. Pero esa ejecución no ocurre en el vacío: se inscribe en una red de prácticas, instituciones y objetos que sostienen y transmiten la repetición.
Hay prácticas culturales que persisten no porque traigan algo nuevo, sino porque organizan el tiempo y producen pertenencia. Beatriz Sarlo pensó los rituales contemporáneos desde ese lugar: no se imponen, se aprenden; no sorprenden, se esperan. Y en ese proceso, infancia, familia y memoria juegan un rol central. “Hay algo de construir un lugar seguro y una sensación de pertenencia”, nos comentó Noelia.
En la Argentina, El Cascanueces está dejando de ser solo una importación del canon para convertirse, lentamente, en una cita esperada del calendario cultural con funciones agotadas que involucran a la compañía estable y a estudiantes en formación. La tradición es más reciente que en los grandes centros anglosajones, pero responde al mismo deseo de continuidad y transmisión. Julio Bocca, al frente del Ballet Estable del Teatro Colón, ha señalado en distintas ocasiones que incluirlo responde también a deseos, afectos y tradiciones internas.

Representación del ballet El Cascanueces - Teatro Colón 2025. Fotografía de Carlos Villamayor. Los bailarinas Rocío Agüero y Lucas Erni. Gentileza Teatro Colón.
En ese marco, esta producción admite —y casi exige— ser versionada. Conviven las grandes producciones institucionales con adaptaciones para infancias, lecturas contemporáneas y montajes en espacios alternativos. La repetición no se debilita con el cambio: se vuelve posible gracias a él.
El dispositivo se completa fuera de la escena. Escenografías reconocibles, personajes convertidos en íconos y objetos que circulan como decoración doméstica forman parte de una maquinaria que anticipa y prolonga la experiencia. La ilusión no es ingenua, está producida. Pero lejos de vaciar el ritual, lo amplía y lo transmite. “Vamos a verlo todos los años porque somos una sociedad de consumo”, decía Lucía; pero también porque —como observa Noelia— incluso los objetos que circulan alrededor del ballet pueden convertirse en puertas de entrada a la danza.
Marcar el tiempo
El Cascanueces no se repite porque sea la mejor producción, ni porque cada año tenga algo nuevo que decir. Tal vez vuelve porque cumple una función más simple y más profunda: marcar el tiempo. Organizar el calendario desde la experiencia sensible. Producir una pausa compartida.
La obra pone en circulación la misma música y la misma historia. Pero lo que se repite no es solo el espectáculo: es el gesto de volver. No como recuerdo ni como novedad, sino como una forma de ubicarse en el tiempo.
Portada: Imagen de dominio publico El Cascanueces y su iconografía navideña, gentileza de Petr Kratochvil.