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Julio Sánchez: "Extraño al espectador exigente"

No le gustan los títulos, pero tiene una formación en Historia del Arte y un posgrado en Gestión Cultural que lo llevaron a la curaduría, la docencia y muchas otras cosas. Sánchez nos invita a reflexionar sobre el mundo del arte, la labor de los críticos y la pasión que siempre debe ser la guía de nuestras acciones.

Por Agustin Seijas

26.06.2020

Tiene dos bauleras con libros porque no busca la biblioteca como fondo del zoom. Sin embargo erige su retrato travestido como Isabel II de Inglaterra, mientras es secundado por un guardia de seguridad montado sobre foamboard que se apropió antes de que una amiga lo tirase a la basura tras una exposición. Se ríe de él, de todos y de todo, sin perder su amplio dominio del sentido común. El tipo que se sube al ring durante esta cuarentena es Julio Sánchez.

Hace un tiempo atrás, a raíz de una entrevista que te hicieron, te definiste como “Kung Fu en busca de su destino”. ¿Podrías ahondar sobre el concepto de destino?

Eso fue una ironía, porque no me gustan los títulos. No me considero curador, ni crítico de arte, ni nada. Yo tengo una formación de Historia del Arte, un posgrado en Gestión Cultural y de ahí salen una cantidad de variables laborales que tienen que ver con la curaduría, la docencia, ser jurado, guía de museo, artículos y un montón de otras cosas. Cuando dije eso fue porque la definición que daba el personaje de Kung Fu, una serie que yo veía de chico, era que el tipo estaba en busca de su destino. Si querés profundizar, podríamos hablar de destino en el sentido de cumplir aquello con lo cual uno nace capacitado para hacer, pero básicamente fue una ironía.

¿El talento es innato o se desarrolla?

Hay una suerte de inclinación espiritual que uno tiene hacia ciertas actividades y no hacia otras. Esto tiene que ver con lo que uno trae consigo. En el caso del arte, primero tiene que haber una sensibilidad hacia la imagen básicamente, porque hay gente a la que le da lo mismo una cosa que otra. En el colegio descubrí que yo no tengo talento para los números, la química y la física, pero sí para las humanidades. Después, por supuesto, uno tiene que desarrollar ese don si piensa dedicarse a eso. Una persona puede ir a ver una muestra en un museo y decir “me gusta o no me gusta”, pero un profesional no puede hacerlo, tiene que fundamentar las cosas. En este sentido, talento
y formación van de la mano.

¿El arte tiene que estar pensado para el lego o el docto?

Frente a la obra de arte creo que hay diferentes niveles de aproximación. Bueno, el primero es “me gusta el barroco o lo clásico”, lo que tiene que ver con una inclinación natural del espíritu hacia algunas cosas. Luego, uno va cambiando sus gustos. Está el interés que tenga cada uno en tratar de saber más y hoy en día es muy fácil porque con Google lo hacés al instante. Antes debías ir a la enciclopedia o a la biblioteca. Ahí es cuando empezás a exigirte más. A mí me gustan el arte y el espectador exigentes.

Una discusión que suelo tener en la universidad es sobre la bibliografía que le doy a los estudiantes ingresantes. Algunos colegas me dicen que no van a entender pero yo insisto en que sí, y sino pueden buscar en un diccionario o googlear. Si tiene la capacidad de expandir las fronteras de sus conocimientos estoy convencido de que lo va a hacer. A mí me pasó eso. Me gustaban los tipos que me ofrecían dificultades para ir superándolas. Fronteras de la percepción y del conocimiento… sino es quedarse en un lugar muy cómodo y no poder avanzar.

¿Existe el riesgo de que el conocimiento técnico le haga perder sensibilidad al espectador ante el arte?

Claro que es un riesgo. Hay que conservar la chispa de pasión, tanto en la profesión como en los vínculos, en la vida, en todo.

¿Cómo se puede reconocer rápidamente a un buen crítico de arte?

Esto me encantó. Arranco al revés. Yo suelo decir que cuando un crítico usa muchos adjetivos no hay que seguirlo. Hay que detestar el adjetivo y el uso del superlativo. Cuando leés a un crítico que dice “una obra extraordinaria del prestigioso artista tal o cual” o “uno de los mejores artistas del momento”… ¡Qué me importa! Yo doy un seminario que se llama Análisis y Crítica de Obras de Arte y decapito a mis alumnos si empiezan con clisés. A mí me sirve el crítico que hace vínculos con la obra y con otros aspectos que van más allá del arte, cosas de la cultura y de la vida.

En cine me gustaba mucho Claudio España, un tipo que fue crítico del diario La Nación durante mucho tiempo, porque tenía una solidez académica impresionante y no la bajaba aunque escribiera en medios masivos. Detesto al demagogo. El que quiere quedar bien con todo el mundo. El que te dice “esto lo escribo para que lo entiendas”, como si uno fuera bobo y no pudiera comprender cosas que no sabe. La gracia es aprender cosas que no sé. De la crítica también me interesa la intuición frente a la obra y después verificarla o no con el artista. Otra cosa que me interesa de la crítica es tomar posición. Muchos de los cronistas culturales dicen: “Yo dejo que el artista hable”. Estoy a favor de un pensamiento fuerte sin ser totalitario, pero que quede clara mi postura.

¿Qué críticos de arte destacarías por sus trabajos?

Thomas McEvilley (escritor y crítico estadounidense) y Eleanor Heartney (crítica estadounidense) son algunos.

¿Podrías hacer un análisis del devenir del circuito del arte a nivel local?

Yo me inicié en esto con un primer artículo publicado en 1984 sobre una muestra retrospectiva de Antonio Berni organizada por Martha Nanni, que en ese momento era una curadora argentina recién llegada del Pompidou, que venía con un profesionalismo que todos admirábamos. Era una nota muy extensa para un suplemento cultural del diario bahiense Nueva Provincia.

Tres años después, yo ya estaba dando clases en la facultad con Gastón Burucúa, había tenido mi primera experiencia curatorial asesorando a una galería y en el Museo Nacional de Bellas Artes como guía en una muestra de arte brasileño contemporáneo. El circuito era muy chico, no había centros culturales. El Palais de Glace en algún momento comenzó a hacer algunas megamuestras que convocaban a mucho público, la primera fue la de Soldi. Existían los museos nacionales y municipales pero iba muy poca gente. Me acuerdo que, siendo estudiante, visitaba el Museo Nacional y era una depresión entre la oscuridad y la ausencia de personas; si vas ahora hay más turistas que locales.

Siempre digo que yo la pegué en el tiempo, porque con la primavera alfonsinista hubo un gran auge del arte y estaba de moda ser artista o crítico joven y yo lo era. En aquel momento, cuando se hablaba del “joven (Guillermo) Kuitca”, yo empezaba a escribir en la revista La Maga y todos me presentaban como el “joven crítico”. Y yo decía: “ser joven no es una virtud sino una cualidad que pasa muy rápido”. Medio que me hinchaba que me presentaran así. Ahora el paradigma es otro. ¿Qué importa si el artista es hombre, mujer, judío, negro, gay, heterosexual o lo que sea?

¿Se fue perdiendo el tiempo de reflexión destinado a ahondar una idea?

Sí, por supuesto, esa es la diferencia entre la doxa (la opinión) y la episteme (el conocimiento). Por ejemplo, con esta situación de pandemia, me llegan artículos haciendo futurología sobre lo que pasará y todo es pura opinología. Lo mismo ocurre en el arte. Por eso extraño al espectador o lector exigente. Por ser profesor en la facultad tengo contacto con muchos jóvenes y lo que más me interesan son aquellos que me preguntan al finalizar la clase: “¿Qué leemos para la próxima?”. La mediocridad del país y el mundo es intolerable. El saber tiene una riqueza insospechada, hace poquito me metí a comparar la cábala con el tarot, algo que me costaba mucho entender porque no leo hebreo y dije “esto es un mundo fascinante”. Hay muchos de estos mundos a nuestro alrededor que quizás estamos desaprovechando por comodidad o ignorancia.

PH: Arturo Aguiar/Gentileza.

¿Las redes sociales son un canal válido para exponer arte?

Creo que eso ya está probado y es un hecho. Hice análisis de obras en mi Instagram y luego el MALBA los replicó en sus cuentas. Asimismo, creo que todos tenemos una colección de imágenes que podríamos presentar como nuestro museo imaginario. Yo tengo imágenes aleatorias en mi Facebook que se llama mon petit museé (mi pequeño museo) de cosas que me gustan. Me encantan las redes y apuesto 100% por ellas.

¿Qué debería conllevar el hecho de ser un buen curador de arte?

Debería tener una propuesta conceptual, y desarrollarla a través de la elección de obras y un recorrido en el espacio… básicamente eso. Y si puede escribir un texto para sustentar su teoría mucho mejor.

¿En qué medida condiciona a la obra la elección del espacio? ¿El Guernica tendría el mismo impacto en el living de mi casa?

El Guernica es un gran cuadro en el Museo Reina Sofía o en tu casa. Pero hay obras que están condicionadas por el espacio y fueron creadas para el mismo. Pienso en los murales pompeyanos y lo fantásticos que debían verse en una casa pompeyana, pero si pasan a decorar el living de tu casa cambiaría absolutamente el sentido de la obra. Pienso en esculturas. Hay algo que se llama site specific, obras hechas para un lugar específico.

¿Podés explicar el trabajo concreto del crítico de arte en pocas palabras?

No sé si en pocas palabras. El año pasado escribí esto: la crítica del arte es una de las tantas actividades, no es una actividad exclusiva, que incluye curaduría, jurado, docencia, conferencias, investigación, organización de viajes a bienales, las redes, entre otras cosas. El crítico que se limita al arte es limitado. Vengo insistiendo con esto hace rato, creo que hay que expandir el conocimiento. Debe salir a la calle, ir al teatro, ver youtubers e ir al campo porque tiene la necesidad de incursionar en otras disciplinas de conocimiento para abrir las perspectivas de comprensión del arte. Hay cosas que me interesan a mí, como la religiosidad popular, las artesanías, la literatura o la teoría jungueana porque me ayuda a interpretar la imagen desde un sentido más universal. Leo mucho a Jung y lo aplico a la interpretación de la imagen porque básicamente transciende las fronteras geográficas temporales.

He visto errores de interpretación en algunos colegas. Por ejemplo, me acuerdo de una situación en particular en la que, durante un jurado, una artista presentó una obra con tres animales: un gallo, una serpiente y un cerdo en una rueda como la de los hámsters. La mayor parte de mis colegas la rechazaron y yo la defendí porque esos tres animales aparecen en la rueda de la vida tibetana y la artista estaba haciendo un guiño a esto. Veo muchos errores de interpretación de este tipo.

De todas las cosas que te irritan, ¿cuál despejarías del planeta si pudieras hacerlo?

El egoísmo que hay en esta sociedad me molesta. A mí me gusta sacar agua de las piedras. Dar siempre un poco más para seguir aprendiendo.
Hay una serie inglesa que me encantaba, Downton Abbey. El que escribió el guión, Julian Fellowes, tiene un saber enciclopédico. Me encantó la descripción de una situación social del momento, siendo ellos una clase que no puede mantener sus privilegios, en franco derrumbe, visitan una gran mansión en la que están rematando todo y ella dice: “Así pasa la gloria del mundo”, que en latín es la famosa frase sic transit gloria mundi. Yo había leído aquella frase cuando estudiaba barroco en la facultad y obviamente la sepulté. De ahí en más empecé a investigar el concepto de vanitas, hice un artículo para La Nación sobre flores y vanidad, en el sentido de que se desvanecen.

¿Existe alguna religión que tenga históricamente un mayor expresionismo desde el arte?

Es una pregunta interesante porque no estamos hablando de arte cuando hablamos de arte y religión sino de arte sagrado, que trasciende el arte. A ver, otra de las claves de la crítica del arte tiene que ver con una palabra cuya etimología me enseñó muy generosamente el creador de la Galería Praxis, Miguel Kehayoglu. Se trata de “entusiasmo”. Está compuesta de tres voces griegas: En (Adentro), Theós (Dios) y Asma (Soplo): tener el soplo de Dios adentro.

Fotos de portada: PH Pato Parodi/Gentileza.