Nuevos paradigmas

Laura Orcoyen: El Fin es el Principio en el Museo de Arte Decorativo

La interiorista con más de 40 años de trayectoria transformó el Museo Nacional de Arte Decorativo en un lienzo sensorial. Alquimia, reinos de la naturaleza, astrología y gestos oníricos se despliegan en la exposición que está abierta hasta el 3 de marzo de 2026.

Por Vivian Urfeig

18.12.2025

Un palacio donde el blanco desdibuja los límites neoclásicos de la caja. Puertas adentro del Museo Nacional de Arte Decorativo, el ex Palacio Errázuriz se convierte en un lienzo neutro y etéreo. La muestra El fin es el principio propone viajes sensoriales a partir de la intervención de Laura Orcoyen, conocida como Laura O. por su trayectoria de más de 40 años como interiorista.

Si sus locales de muebles, accesorios y equipamiento para la casa siempre se distinguieron por las texturas cálidas, lisas y una paleta de colores que jugaba con tonalidades sutiles de blanco, esta exposición no hace más que reforzar ese ADN. Desde la fachada, el hall, el Salón Principal y el Salón de Baile, el recorrido invita a reflexionar sobre los ciclos vitales. Y lo hace a través del diseño y la transformación del espacio, desde la iluminación escenográfica y los detalles sutiles, que se adivinan entre capas de sentido.

Con curaduría de Wustavo Quiroga, la muestra indaga sobre lo etéreo, la relación entre los mundos visibles e invisibles, el rol del diseño como un lazo que une arte, filosofía y naturaleza. La trama que une los distintos espacios del palacio asume un gesto expositivo. Y para eso se vale de obras de artistas multidisciplinarios que contribuyen a generar la misma sensación que propone Orcoyen. Elba Bairon, Leo Battistelli, Esmeralda Escasany y Martina Quesada se suman con sus piezas a la alquimia de Justo Sánchez Elía, el arte digital de Juan Goyret y las referencias a libros de Byung-Chul Han, cuyas obras y pensamientos dialogan con los conceptos de la exposición.

La dimensión performática, documentada a través de una realización audiovisual amplía el campo de lectura de la muestra y su conversación con el Museo Nacional de Arte Decorativo. A este contraste, Orcoyen lo define como una “apelación a lo onírico, sugiere intimidad y expresa la correspondencia entre los reinos de la naturaleza, los espacios interiores y los mundos sutiles e invisibles”, señala la interiorista. Y confiesa que desde siempre se inclinó por el blanco: “A los 25 años, en nuestra primera casa, todo era blanco. No fue una decisión consciente de identidad, simplemente apareció como un lenguaje natural”, destaca.

Y enumera la sucesión de espacios domésticos que funcionan como ordenadores de un recorrido armónico y relajante: “Desde el pabellón donde arranca el viaje por las estaciones, hasta despertar en el mundo de los sueños, un mundo acuático de algas y bendiciones, también de glaciares, deshielo, rupturas e insomnios. Umbrales que nos transportan al bar de los elixires donde, atravesados por el universo de los hongos, empieza la transformación. Vida y muerte se alternan entre sí, pociones alquímicas planetarias nos revelan que no estamos solos”, destaca Orcoyen, cuya práctica siempre estuvo comprometida con la industria argentina y la puesta en valor de la artesanía y los oficios ancestrales. Un camino que compartió junto al arquitecto Pablo Sánchez Elía, su compañero de vida y de proyectos.

“Me encanta convocar a las personas que tengo cerca: familia, amigos, artistas. Se va construyendo un universo muy propio, donde todo se mezcla. Para mí, la vida misma es un gran cóctel, y esta muestra refleja ese espíritu: afecto, creatividad y miradas diversas conviviendo en un mismo espacio”, dice Orcoyen.

Por su parte, Wustavo Quiroga aporta más pistas para adentrarse en el universo onírico y circular que se apodera del museo. “Laura O. subraya una ley vital que nos recuerda el cambio permanente y evolutivo: todo final engendra un nuevo comienzo. Esta exposición abre un campo de lectura expandido sobre escenas de la vida cotidiana. Naturaleza, geometría, astrología, alquimia, filosofía y tecnología se entrelazan como una teoría del todo. Los conocimientos se despliegan en capas; para quien lee entre líneas, aparecen sentidos ocultos. Más que ofrecer respuestas, la muestra despierta preguntas”, sugiere el curador.

Los ambientes de una casa, uno por uno

El guión curatorial ofrece un sistema de correlaciones entre lo cotidiano y lo trascendente por medio de escenas cercanas: el living, ámbito de reunión y constelación; el bar, lugar de transmutación; el comedor, plataforma de nutrición; el jardín, territorio de expansión; el aposento, espacio de imaginación. Y el vestidor, escenario de cambio de piel.

“Creo profundamente que cualquier espacio puede vivirse de manera contemporánea. Me gusta ese desafío. En Argentina hay pocos palacios privados, pero para mí son lugares muy familiares: hay que habitarlos, rescatarlos y devolverles vida”, puntualiza Orcoyen.

 

En la chimenea del Palacio Errázuriz se ubica la maqueta de bronce de la obra inconclusa que proyectó Auguste Rodin en 1913: La muerte del poeta. Allí, flota la figura de un cuerpo suspendido por andamios, como un poema sin final, de la artista Elba Bairon. La escena interactúa con un ataúd blanco, el Cajón O, que reposa sobre rocas. “La despedida no diluye la presencia de lo que ha sido. Expira a destiempo en lugar de morir”, se lee. “Nada desaparece, todo se transforma. El fin de la materia no implica la extinción de su energía”, subraya Orcoyen, que incorpora el concepto de muerte como parte del ciclo vital.

El bar, en tanto, está configurado con una mesa alta rodeada por banquetas marcadas según el código de la alquimia: sal, mercurio y azufre, símbolos del cuerpo, el espíritu y el alma. Además, las estanterías exhiben extractos vegetales con poderes curativos. La escena es similar a un laboratorio del microcosmos, con simbolismos específicos. La presencia del universo fungi sugiere la transformación y la transmutación de la vida invisible. En tanto, una vitrina atesora las piezas alquímicas de porcelana creadas por el artista Leo Battistelli.

El sofá XXL oval, de un blanco destellante, es el protagonista del living. En cada almohadón se despliegan los 12 signos del zodíaco. El conjunto circular reúne los cuatro elementos —fuego, tierra, aire y agua—, y en cada uno, sus tres movimientos —cardinal, fijo y mutable—.

“El comedor, además de alojar el acto de nutrir, configura un espacio donde se establecen vínculos y se manifiestan dinámicas de poder. Aquí, una mesa redonda propone la integración entre los comensales. Siete sillas giratorias llevan inscritos los planetas visibles que, desde la antigüedad, le dan nombre a los días de la semana. Cada astro despliega su arquetipo: el Sol, conciencia y vitalidad; la Luna, memoria e intuición; Mercurio, comunicación y mente; Venus, deseo y armonía; Marte, acción y voluntad; Júpiter, expansión y sabiduría; Saturno, límite y maduración”, señala Quiroga.

Al llegar al espacio del jardín, un árbol protagoniza el paisaje, conectando el cielo y la tierra. Para Quiroga, representa la unión entre “lo trascendente y lo mundano. Sus raíces representan el origen y la memoria: lo que sale a la luz desde lo profundo. El tronco simboliza la identidad y la fuerza que sostiene la existencia”, señala desde el texto curatorial de la sala.

Las capas de realidad, donde la naturaleza juega un rol estelar, es una constante en la muestra cuyo recorrido termina en el “Aposento”. Una cama circular ocupa el centro de la isla. El ciclo lunar surge de los almohadones. A su lado, el contrapunto llega de la mano de El Pensador, de Auguste Rodin, que concentra la tensión en la sala.

Un tanque de agua completa el ambiente y sostiene el ritual. Un vestidor circular con prendas traslúcidas diseñadas por Esmeralda Escasany:  “Revelan más de lo que ocultan. Cada traje es un umbral: protección y adaptación entre el ser y el entorno, interfaz que permite habitar planos físicos, simbólicos y virtuales” dice el curador, en el texto que prologa la exposición. La instalación, al final del circuito, refuerza el título de la muestra. El fin es el principio recuerda: “que en cada piel habita la potencia de volver a empezar y que la existencia se trama entre el fin y el principio”, en palabras de Wustavo Quiroga.

Todas las fotos de esta nota son gentileza de Laura O