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Martín Bonadeo: la vida es una cantidad de latidos

Es artista, Doctor en Ciencias de la Comunicación por la Universidad Austral con una tesis en comunicación humana a partir del sentido del olfato (2005) y Licenciado en Publicidad. En 2004, la Fundación Antorchas le otorgó una beca Post-doctoral para estudiar vínculos entre arte, ciencia y tecnología en el Hypermedia Studio, UCLA (EE.UU). Mediando los cuarenta años, ya piensa en el legado de su obra, en ordenarla para dejarle el asunto solucionado a sus hijos, en guardar recuerdos atesorando fotografías impresas que quedarán para siempre en algún sitio concreto. Trabaja mucho, pero muchísimo, sobre las sensaciones, principalmente el olfato. Le gusta medir el tiempo por la cantidad de latidos y cree que los olores te hacen viajar a momentos de la vida pasada.

Por Agustin Seijas

14.09.2019

¿Cuántas formas conocés de medir el tiempo?

Muchas. La que más me gusta, es una que leí mientras hacía la tesis de doctorado que decía “la vida es una cantidad de latidos”. Entonces, una rata vive mucho menos y un elefante vive mucho más (con menos latidos). Lo mismo pasa cuando te ponés muy nervioso y el tiempo se hace muy largo, se aceleran los latidos y vivís más en menos tiempo. Igual esa teoría se cae con los viejos, porque a los viejos el corazón les late lento y el tiempo les pasa lento. Pero con los niños, pensá cuánto tardaba en llegar tu cumpleaños, mucho más que lo que tarda ahora. Básicamente porque quemás muchos más latidos. Lo que más me impresionó cuando nació mi primer hijo fue la velocidad del pulso que tenía, iba a mil.

¿A los niños les pasa más lento ese año porque van al colegio?

Ir al cole fue muy aburrido, para mi. A mí de niño las vacaciones también se me hacían largas. Mis padres tenían campo en la provincia de Buenos Aires y ahí había una percepción del tiempo muy peculiar, porque nos hacían trabajar, nos despertábamos con la salida del sol.

¿Te gusta el campo?

Me gusta salir de la ciudad porque creo que te permite conectarte con el tiempo de los astros, que en la ciudad está alterado por la electricidad. Hay una cuestión de la electricidad que te separa del sol y de ese tiempo que tiene la tierra. El tiempo de luz y tiempo de oscuridad es clarísimo. En invierno hay menos tiempo de luz y en verano más.

¿Será por eso la personalidad de quienes viven en países nórdicos?

Sí, la otra forma de medir el tiempo que vos me preguntabas, que me parece fascinante es clavar un palito en la tierra y ver como se mueve la sombra. En países como Suecia y Noruega las sombras son largas, la idea de que la relación con el sol te marca. El sol y los latidos. De hecho, dicen que el reloj tiene 60 segundos porque era el estándar de pulsaciones que tenían las personas cuando lo crearon. Ahora estamos un poquito más acelerados.

¿Vos usas reloj?

No. Hace un montón que no uso reloj. Lo dejé de usar hace 20 años.

¿Te acordás por qué?

Porque se quedó sin pilas.

¿Y no te gustaba como objeto?

Sí, el último que tuve lo guardo como objeto porque me lo regaló mi mujer hace mucho tiempo. De hecho, para mi casamiento me regalaron un reloj increíble y lo usé sólo dos veces porque es demasiado objeto, es un aparato que se ve caro. Cuando tenía 13 o 14 años me robaron un reloj que me había regalado mi abuela para mi comunión. Creo que hay algo de eso. Pero siempre tuve relojes, de hecho, en mi taller tengo una caja llena de relojes. Me interesa como medimos el tiempo, como pasa el tiempo, como lo vivimos. Creo que hay una experiencia con el tiempo. A veces lo vivimos, o sea, hay minutos que son larguísimos y minutos que no te diste cuenta que pasaron.

¿La gente comprende la diferencia entre tiempo y espacio?

El otro día presenté un libro que se llama Pacha Kutiq Wanka, que es un nombre en quechua. Una de mis editoras lo presentó explicando que si buscás una traducción de “pacha”, encontrarás que es tiempo, mundo y espacio a la vez. Es decir que el tiempo-espacio es una conjunción. Ella planteaba que los españoles nunca entendieron el concepto de pacha porque todavía no había venido Einstein a hablar de su fórmula, del tiempo-espacio como un continuo indivisible. La tecnología te engaña porque yo puedo poner mi oído en casa o poner mi oído en otro país, mi ojo lo puedo poner en otro lugar, pero casi siempre el tiempo-espacio es aquí y ahora, van de la mano.

PH: Nicolás Trombetta

¿Y en los sueños o en un estado de coma?

Cuando salís del cuerpo podés, pero tenés que salir del cuerpo. Y eso es lo que son los estados de conciencia alterada. Sacar lo que nos anima, nuestra ánima, del cuerpo. La conciencia es el aquí y ahora y cuando vos alterás la conciencia podés hacer cosas como desdoblarte, estar en dos lugares al mismo tiempo. Que fácticamente o físicamente es imposible hasta ahora.

¿Crees que hay forma de desunir tiempo-espacio si estás sin caer en un estado de alienación?

Sí, pero estas haciendo conjeturas, no es fáctico. No es real.

O sea, ¿la realidad se da sólo cuando se une cuerpo y mente?

Yo creo que hay algo de eso, sí. De que el tiempo tiene que ver con el cuerpo. El tiempo está en el cuerpo.

¿Es más caro el tiempo o el espacio? ¿Ambos se pueden comprar?

Es que va en paralelo. Por ejemplo, esas enfermedades que hacen que la gente esté en cuerpo, pero no en presencia, en realidad no estás. Recién estaba pensando en el verbo TO BE, en inglés. Ser y estar. Hay algo de ser y estar, separados, que son ficciones con las que nosotros nos organizamos. Así que no sé qué es más caro. Si no estás, no sos, si no hay tiempo no hay espacio.

¿Pero nunca pensaste: “qué caro que pagué este espacio”?

Sí, pero eso son ficciones. Cuando en un avión sobrevendieron espacios y te dicen «¿Cuánto sale quedarte un día más?», y ahí depende de cuán caro sea… pero ahí estás cuantificando. Y si tomás un vuelo transpolar vas a tener que pagar una noche más por ganar en tiempo. Sí, esa fue una fantasía mía cuando era chico. Ir más rápido que lo que tardaba la tierra en girar.

Tu obra trabaja mucho sobre los sentidos. ¿Cuáles crees que son los sentidos adecuados para sopesar el tiempo y cuáles para sopesar el espacio?

El olfato es el que más me hace viajar, me refiero de manera completa en tiempo y espacio. Yo huelo algo y puedo sentir en los dedos la textura de un terciopelo, de un color particular, de un olor, puedo escucharlo. O simplemente, puedo oler un tipo de polvo o una naftalina particular. Hay algo que durante mucho tiempo exploré que es a dónde te lleva cada olor, y cada olor te lleva a un lugar muy específico que por lo general concuerda con la primera vez que lo oliste y que pasó algo trascendente. Además, lo interesante es que eso cae en el campo de la experiencia personal y única que tiene cada uno. Lo visual es más homogéneo, mucho más normalizador digamos. Todos vemos algo y todos vamos más o menos al mismo lugar. El olfato y el sonido –mirá a los fanáticos de los vinilos− te llevan a un lugar muy concreto. Así que esos son los dos sentidos, primero el olfato y después el oído.

PH: Nicolás Trombetta

Me hablabas del vinilo, ¿en qué cambió la concepción del tiempo desde que se escuchaba con atención un disco de vinilo apreciando la ilustración de la tapa, las letras, etc?

Primero, hay una aceleración brutal. Estamos en un momento muy acelerado. Yo siento que vivo un par de vidas de mi abuelo, en cantidad de cosas que hago. Yo siento que la mayoría de la gente de mi generación está acostumbrada a esto que hablábamos de poder descansar el cuerpo y poder estar en dos lugares a la vez. Por ejemplo, estoy hablando con vos y mientras estoy respondiendo mensajes a seis personas distintas. Eso expande el espacio-tiempo de un modo peculiar y eso nos hace más “productivos”.

¿Por qué lo decís entre comillas?

Porque hay que ver qué quiere decir producir. Con la industria como está y todo, no sé bien que es ser productivo.

Si tuvieras una zapatería, ser productivo sería hacer muchos pares de zapatos.

Hay un punto donde la productividad es relativa porque hay una cuestión de calidad en el medio. Estamos tan acelerados que cada vez se paga menos la calidad. Hay menos calidad en realidad. Hay menos gente que le dedica el tiempo que le tendría que haber dedicado a las cosas que hace.

Engancho esto con lo que dijiste de tu abuelo. Supuestamente él era menos productivo, siguiendo tu línea de pensamiento, pero seguramente tenía unas anécdotas fantásticas de las que hoy ya no hay en demasía.

Creo que la aceleración tiene un punto de inflexión clarísimo que incluye a mi abuelo que es la Revolución Francesa. Una de sus máximas fue que todo lo nuevo era mejor que lo viejo. Lo cual es una falacia. No hay mejor y peor. Es distinto. Para mí, lo de mejor y peor es una elección, pero no sé cuánto elegimos y cuánto nos va cayendo, es como la ilusión de sentirnos que elegimos. Creemos que somos libres y tenemos una cámara de seguridad. Ese teléfono tiene tres cámaras, allá tengo dos más. ¿De que libertad hablamos? Y esa idea de que todo lo nuevo es mejor, empezó a acelerar el mundo porque todos queremos tener lo nuevo, porque es lo mejor, siempre estamos corriendo con el último iPhone y cuando llega el 10 ya es viejo porque está por salir el otro.

¿Con tus amigos hablás de estas cosas?

Sí, cada vez más. A mí siempre me gustó la charla uno a uno. Es raro irte a temas más profundos cuando somos tres o cuatro. Por lo general hablás de lo que te ponen los medios en agenda para hablar.

¿No te pasa que en las charlas ahora no hay tiempo para explayarte sobre tu punto?

Cuando vos querés ir al gris piensan que estás en contra de ellos, que vos lo que no querés es tomar partido. Que vos no estás declarando tu punto para no ofender al otro diciéndole que no pensás como él. Y se la pasan tirando líneas: ¿Sos de Boca o de River? Y yo soy de San Lorenzo, ya desde ahí empecé con problemas.

¿Dónde te gusta ver pasar el tiempo?

Me gusta mucho el mar. Todo lo que sea contemplativo me puede.

¿Y en la ciudad te gusta ver pasar a la gente?

No me atrae ver pasar a la gente.

¿Y cómo medís el ritmo de la ciudad desde la contemplación?

Me gusta ser parte de la marea, más que observar; meterme y verlo desde adentro. Es raro que en la ciudad me siente a ver. Me puedo sentar con un libro a leer, a dibujar o a escribir.

¿Te asusta pensar en el recuerdo que se forjan tus hijos de vos o de los momentos compartidos?

A mí me criaron un poco diciéndome que si me llevaban de viaje de chico yo no me iba a acordar, y yo tengo recuerdos. El glaciar Perito Moreno, por ejemplo, tengo recuerdos y tenía menos de tres años. Yo tengo recuerdos del frío, del agua, de un montón de cosas que no están en las fotos. El termo que teníamos. Y con los chicos, en mi casa debo tener más de 10 mil fotos impresas. Los hago viajar mucho, de hecho, cuando viajo por trabajo lo que pido como pago en ocasiones es que me hagan viajar con mi familia así mis hijos pueden conocer todo el mundo que conozco yo y ellos se acuerdan de esos viajes.

¿A qué ciudad te gustó llevarlos?

A mí me gusta que vean que hay cosas distintas, me gusta llevarlos donde no hay ciudad. A ellos les partió la cabeza en dos entrar a una obra de Richard Serra (escultor minimalista estadounidense conocido por trabajar con grandes piezas de acero). Lo vimos en varios lugares: Los Ángeles, Bilbao, en el aeropuerto de Toronto. Sus obras tienen un eco particular y los niños se animan a todo, gritaban hasta que venían los de seguridad. Y el punto de vista también cambia. Ver una obra desde nuestra altura no es lo mismo que desde su altura. Yo creo que eso lo recordarán y cuando ven las fotos reviven la experiencia. Yo tengo la obsesión de sacar fotos, imprimimos y guardamos en álbumes que dividimos por viajes. Y después, fotos de la diaria, sacadas con el celular, también las imprimo. Hablando de tiempo y espacio, yo creo que muchas veces en las redes los posteos se van y está bueno que queden en algún lado, por eso, aunque la foto sea mala yo la imprimo igual.

¿Por qué pensás que la gente es más impuntual ahora que antes?

No es más impuntual. De hecho, desde 1940 empezaron los husos horarios y todos los relojes marcan lo mismo. Vos hoy tenés el reloj en la pulsera, en el celular, tenés la hora por todos lados, todo el tiempo. Antes yo tenía un reloj que adelantaba una hora por día y no sabía cuánto estaba adelantado. La Torre de los Ingleses fue un regalo que nos hicieron para que los trenes salgan más o menos a hora. Porque la gente ponía su reloj en hora en base a la hora de la Torre. En su momento, fue el edificio más alto de Buenos Aires hecho para sostener un reloj, eso es muy fuerte.

¿Qué es una instalación?

Es una forma de arte que te permite trabajar el espacio. Es hacer una modificación en un espacio para que pase algo distinto. Podés trabajar con un rayo de luz, un sonido, un olor.

¿Y qué buscás transmitir con esas instalaciones?

Por lo general, cuando hago una instalación trato de trabajar algo de lo que siento que está pasando en ese espacio. Veo la historia, veo que pasó, de dónde viene y hacia dónde va. En 2010, me llamaron para hacer una retrospectiva en Pittsburgh, una especie monográfica para atrás, me pidieron 11 instalaciones que yo las había hecho, en su mayoría, específicamente para otro lugar. Una era para la fuente del Malba. Y esta gente quería reproducir la fuente de Malba en ese sitio. Yo pensé que no iba a funcionar y, para mi sorpresa, funcionó. Hasta ese momento, yo pensaba que todo lo que hacía era específico para el lugar en el que lo hacía y después me di cuenta que se puede repetir.

¿Cómo varió tu experiencia a nivel perceptivo o emocional con la obra entre Malba y Pittsburgh?

Totalmente distinto. Si me pregunto cuál me gusto más, fue la de acá. A nivel emocional, le faltaba el Río de la Plata. Hay un punto en donde sabés que si ponés algo en esta pared está apuntando al este. Allá lo puse al este, pero no estaba mi río atrás. Emocionalmente nada. De hecho, si la hubiera hecho en Los Ángeles, que esa obra era una tensión entre Buenos Aires y Los Ángeles, hubiera sido distinto porque sí tuve una relación con el mar. Hubiera puesto la contraparte contra el mar y hubiera funcionado emocionalmente distinto.

¿Tenés idea como reaccionaba la gente en una ciudad y en otra?

A mí me gusta cuando la gente me dice cosas que yo no sabía que estaban en la obra. Cuando alguien me dice ¿“sabes que…?” y es algo que yo no sabía. Eso es lo que más me gusta de hacer obras. Que alguien me dé una lectura que no me la esperaba ni de cerca.

PH: Nicolás Trombetta

¿No hay una lectura lógica de la obra?

Sí, yo cuando construyo digo voy a poner esto acá, voy a traer una cinta de acá y otra de acá y las combino y armo una ensalada. Y después cuando una persona viene y come esa ensalada, y de pronto se quedó mirando el bowl de la ensalada y yo el bowl no lo había mirado. O alguien me dice: “¿sabías que me hacés acordar a un artista X?”. Y ahí me hacen investigar. De hecho, muchas veces me pasó de enterarme que mi obra tiene vínculo con la de otra artista, a partir de que alguien me dijo eso. A veces son artistas contemporáneos y otras, artistas románticos o de hace un tiempo. Yo trato de contactar a la gente que hace obras que me gustan, estén donde estén en el mundo.

¿Cuánto tiempo te lleva pensar o idear una obra?

Todos los tiempos son distintos y todas las obras son distintas, no hay un estándar. Yo por lo general investigo cosas, leo, estoy en un momento donde me llama más la atención la luz o lo olfativo. Y de pronto, aparece. Es un momento que está buenísimo. Yo llevo un cuaderno donde voy anotando cosas, y escribo una idea que me parece buenísima. Y por ahí reviso un cuaderno de hace diez años y había anotado lo mismo, o había dibujado algo parecido. Uno a veces no tiene completa conciencia de cómo va buscando las cosas, pero va buscando y van apareciendo. Ahora estoy haciendo un proyecto en Perú, por ejemplo, con una temporalidad distinta a todo. Empecé en 2012 y todavía no sé cuándo lo terminaré.

¿Y cómo surgen esos proyectos?

De maneras distintas. En este caso fue por Gustavo Buntinx, un curador argentino-peruano, que conocí en 2008 y que mientras yo estaba haciendo la muestra de Pittsburgh me dijo que yo no debía dedicarme al arte sino a ser sacerdote. Me causó mucha gracia. Recuerdo que me dijo: “vos usas la tecnología para revalorizar el aura, que la tecnología saca mucho, que es una cuestión más espiritual que artística”. Lo que pasa es que también hoy, con el mercado como está, mucho del arte se corre de un lugar más trascendente hacia un lugar de mercadería. Y es bastante difícil estar consciente de eso.

¿Qué cosas haces para apagar tu cerebro?

Me cuesta mucho apagar mi cerebro, me cuesta dejar de pensar. Cuando medito incluso, vuelvo con algo. Por lo general, me atrae el silencio más que otra cosa.

¿Hacés cosas para ganar tiempo?

Sí, yo creo que el mundo nos exige eso todo el tiempo. Lo que si trato de hacer es en momentos como éste, apagar el volumen del teléfono para no estar a cuatro manos. Me pasa mucho que digo: “ah, tengo que mandar un mail a no sé quién y cuándo me metí al correo me mandaron tres chistes por WhatsApp y termino haciendo cualquier cosa menos lo que iba a hacer”. Yo creo que concentrarse está difícil. Y esto de hacer 20 cosas a la vez es constante, es muy difícil estar haciendo una sola cosa hoy, estar aquí y ahora sin estar husmeando lo que pasó o proyectando lo que va a pasar, o que estarán haciendo mis hijos. Ahora siempre estás pensando en los hijos, si me tienen que llamar y yo tengo el teléfono apagado. Los hijos te obligan al multitasking. Y creo que históricamente las mujeres tienen mucha más habilidad multitasking que los hombres.

¿Intentás incluir a tus hijos mientras estás trabajando?

Sí. De hecho, el otro día en la presentación del libro ellos dos leyeron algo, una vez los traje a Praxis a montar una muestra y se divirtieron, lo disfrutaron y hasta se apropiaron de la obra. Yo espero que la vocación venga de otro lado, pero ya el hecho de que sean mis hijos los condiciona. Hay un montón de cosas que van a tener que seguir de mi obra por más que no quieran y eso me mortifica bastante. El día que yo me muera, lo que hice yo les caerá a ellos. Yo invierto mucho tiempo en tener todo ordenado, en que las cosas tengan planos, en que sea fácil rearmar algo, en cómo se hace o no se hace algo, es súper importante como trabajar el archivo de las obras porque si en algún momento les piden a ellos algo de mi obra, espero que nos les complique la vida. Para que sea lo más liviano posible, para que les guste hacerlo, que lo disfruten, que sea un homenaje y no una carga. Es todo un tema también saber hasta dónde involucrarlos.

PH: Nicolás Trombetta

¿Cómo hacés para reclutar a tu equipo de trabajo?

Aparecen. La gente que me ayuda son estudiantes que me persiguen, gente que admiro, que siento que es par o que está más arriba mío en lo que hace. Al contrario del Fordismo y el Taylorismo. Me gusta estar con gente que sabe hacer cosas que yo no sé hacer. Ahora laburo con un músico, antes hacia la música yo.

¿Conocés alguna manera de viajar en el tiempo?

Oliendo. A través de los olores. Además, son muy personales, cada uno tiene su olor que lo lleva a un lugar. De hecho, el entrenamiento es re lindo y descubrir a donde te lleva a cada uno. Por ejemplo, los libros. Hay unos libros de Ítalo Calvino de Editorial Siruela que huelen de una forma muy particular. Y me compre unos usados de él, que no huelen igual, y no pasa lo mismo cuando los leo. La laca que usan en la tapa, hay una cuestión táctil también ahí.

¿La vida es muy corta para avivar giles?

¿Quién no es un gil? Yo soy el primero. Yo no creo que haya un punto de vista errado o cierto. Cada uno tiene su construcción del mundo que te sirve o no te sirve, y te cierra o no te cierra. La realidad es que venimos con muchas preguntas y pocas respuestas. No creo estar en una posición superior al otro en cuanto a las respuestas, sí estoy buscando y me divierte hablar de esa búsqueda. Yo doy clases, a mí me gusta que los chicos se hagan preguntas y se las respondan de modos que yo no sé. No es que les digo “esta es la repuesta”. Me gusta que me digan lo que yo no sé, trabajar preguntas y ver si encuentran algo que yo no vi. El conocimiento se fabrica entre varios, no es algo que uno lo tiene y se pasa, sino que se construye.

¿Cómo llegas vos a tus conclusiones?

Sacando a cada una de las personas que me gustan una frase así llego a lo mío. Como las obras, es un poquito de cada cosa que estoy viendo, pero mientras más variado es eso, más rico es el tejido. En cuanto venga de lugares más distintos lo que compone la obra, la frase, el pensamiento o lo que sea, es más complejo, más completo y más rico. No rico desde el dinero, sino desde la pluralidad. Más voces. Está bueno cuando lográs incorporar muchas voces, de ahí viene la vocación, tu voz a partir de otras voces.