“Besos, no” es su primera novela, vio la luz a fines de 2025. Se trata de una anotación cruda y vigorosa sobre una mujer que descubre que su vida amorosa es un sacrificio. Es un relato que no se parece a nada, en el que el amor, la amistad y el matrimonio se narran como una práctica de desgaste.
Por Damián Damore
24.02.2026
Hay en los nombres de esas heroínas de Alberto Migré —Mónica Helguera, Clara Romero, Micaela Manzi— una cacofonía vital: sintagmas que tropiezan, se desbordan y avanzan entre el deseo, el amor y el desorden; repetición de acentos, choques consonánticos, una música irregular. De ese ruido parece florecer el nombre Victoria Liendo, sostenido como una fuerza continua. Al pronunciarlo, algo se pone en marcha: Victoria yendo, Victoria lento. Es un nombre que, como los que mencioné, avanza mientras se dice.
“Besos, no” es un relato que no se parece a nada, en el que el amor, la amistad y el matrimonio se narran como una práctica de desgaste. La narración es una bomba fragmentaria que, a diferencia de otras obras —pienso en Los daños materiales, de Matilde Sánchez—, no estalla como un ajuste de cuentas ni como un castigo furtivo hacia la pareja. Lo que se pone en juego es el intento de desarmar un mundo, hacerlo saltar en pedazos para ver qué queda en pie.
Ese (des)montaje no se traduce en una épica del derrumbe, ni en una teoría del derrape, sino en una observación minuciosa de lo cotidiano. Liendo trabaja con escenas breves, vínculos en tensión y silencios que pesan más que los estallidos, como si la narración avanzara a fuerza de pequeños corrimientos.
—El relato está completamente centrado en la protagonista, cuyo nombre nunca se revela. ¿Ese foco fue una decisión para decir más de ella que del mundo que la rodea? ¿En algún momento sentiste que podías bandearte?
—Interesante esta idea del bandearse, irse demasiado para un lado, morder banquina, irse al pasto, hay algo de todo eso en la novela, ¿no? Mi preocupación constante mientras escribía fue no opacar a Lucien, el personaje del marido. Quería darle espacio, dejarlo desplegarse en todo su esplendor (es un hombre esplendoroso). Por eso Williams (el amante), Buenos Aires e incluso el hijo (que, como ella, no tiene nombre) están borroneados. En ese sentido, sí traté de no bandearme.
—¿Buscaste con eso retratar la dificultad de mostrar lo que, de manera brutal, se llama auténtico o frontal?
—Bueno, ¡claramente te pareció que la novela está bandeadísima! La protagonista te parece excesiva, prácticamente una degenerada, ya no sé qué otra palabra usar. Me venís insinuando que ella está demasiado… ¿Está demasiado qué? Un periodista de izquierda me compartió (además de su felicitación y de lo que disfrutó leerla) cierta irritación por su ir y venir. Otros hombres manifestaron abiertamente ganas de pegarle. Yo ahora, después de esas críticas masculinas, releo esos capítulos justo antes del final, que es donde la duda se profundiza, y pienso: sí, ¡la duda es agotadora! Las histéricas no son criaturas que despierten empatía, más bien todo lo contrario.

Entre París y Buenos Aires, una joven argentina recién casada descubre cómo su vida amorosa se convierte poco a poco en un sacrificio. El matrimonio, aquel sueño que la acompañaba desde la infancia, resulta un fracaso, y no puede culpar a nadie más que a sí misma. “Besos, no” de Victoria Liendo, Emecé Editores.
—“El casamiento fue una gran pérdida. De plata para empezar. Los fotógrafos, el catering, el DJ, mi vestido de tul de seda inglés, los violines y el campo de golf, todo guardado en una nube que creía eterna y era al final tan efímera como cualquier nube que pasa por el cielo. No quedó un solo video. Una sola foto. Nada”. Con este extracto uno piensa: Acá hay una novela. ¿Descubriste que tenías una novela cuando salieron estas primeras líneas?
—Vos sabés que dos amigos varones me aconsejaron sacar ese comienzo. Pocos lugares más importantes en esta vida que el incipit, esa primera frase que abre un libro y puede con el tiempo ir tomando una forma autónoma que lo condensa, como una cifra. Le doy, de hecho, demasiada importancia. Juzgo libros por sus comienzos. Es el primer filtro. Me decían sacalo, no va esa enumeración, ya contaste todo ahí, no va. Yo la dejé. ¿Por qué? La encontré en un cuaderno viejo (siempre ando con uno encima) y me pareció ajena, escrita por alguien más. Me sorprendió que el registro de esa anotación cruda, sin pretensiones, tan brutal que habla de plata en la segunda oración hubiese podido captar un tono, una voz entre la expectativa, la exigencia, la ilusión y el desastre. Para contestar a tu pregunta, entonces: sabía que ahí había una historia (las veo por todos lados) pero no, no me di cuenta de que tenía una novela, ni siquiera estaba escribiendo cuando la escribí. Fue un desahogo, notas que suelen perderse. Vivió sin lectores durante años, más de un lustro perdido en un cuaderno Moleskine, ignorando su destino de incipit. ¿Fue un error dejarla? ¿Debería haber empezado de otra manera? No te imaginás la alegría que me da pensar: ya no importa.
El dulce aroma del éxito
Liendo fue una de las grandes editoras de la revista digital Seúl, además de publicar un newsletter quincenal (La aventura interior), artículos y entrevistas. La autora se mueve por fuera del centro, con una tenacidad que prefiere filtrarse por las grietas de la cultura nacional antes que aceptar la comodidad de una consagración previsible. Liendo avanza desde la colectora de la literatura: divertida, ocurrente, filosa. Basada —en el sentido neológico que el habla juvenil y las redes sociales le han dado al término, usado para describir a quienes opinan sin miedo a la polémica ni al impacto que esas opiniones puedan tener sobre su imagen—, su escritura asume esa posición con una lucidez desarmante. No hay pose ni solemnidad, sino una ética del desmarque que ella misma resume con una frase reveladora: “Disfruto demasiado de no tomarme en serio”, una declaración que funciona menos como gesto liviano que como programa estético.
—Viviste y estudiaste en Francia, editabas Seúl y reivindicás a Victoria Ocampo. Todo eso va a contrapelo de ciertos lugares comunes del escritor argentino contemporáneo ¿Te interesa entrar a los círculos literarios argentinos o preferís cascotearlos?
—Con lo de cascotear me tocás una fibra íntima. En una de mis últimas entrevistas, fui chismosa y hablé mal de un par. ¡Qué no debería yo osar llamar de tal manera! Un grande, el mejor. Igual yo me puedo enojar, ¿o no puede una enojarse? En mis fantasías paranoicas, todos los escritores se conocen y son amigos entre sí y me critican y hacen fiestas a las que nunca me dejarían entrar, en las que, si me cruzaran, me harían el vacío. ¿Existirán?

Victoria Liendo (Buenos Aires, 1981) es escritora y editora. Se doctoró en Letras por la Université Paris 8 Vincennes–Saint-Denis, con una tesis sobre las obras de Victoria Ocampo y Witold Gombrowicz. Entre 2011 y 2020, enseñó lengua y cultura latinoamericanas en la Université Paris-Est Créteil. Fue editora de Revista Seúl y autora del newsletter La Aventura Interior. “Besos, no” es su primera novela.
—Amigos argentinos suelen decir que los franceses son los reyes de la moral pero nunca leí lo que cuenta la narradora sobre ellos ¿no es demasiado castigo?
—Sabía que me estaba pasando un poco con el castigo a los franceses, pero (como es sabido y Borges dijo tan bien) un poco siempre se lo merecen (“uno siempre quiere matar a los franceses que tiene a mano, pero a Francia la quiere”).
—En la novela hay un modo de decir muy seco, casi mecánico, que puede leerse como frialdad. ¿Te interesaba trabajar esa ambigüedad en la voz de los personajes, especialmente en la protagonista?
—Ok, también te pareció robótica. ¡Veo que no le creés nada a la pobre chica! Yo creo que ella y el primo y la abuela y andá a saber quién más, cultivan un estilo de decir las cosas brusco, demasiado preciso, lo que le imprime, por más neutro, cierta violencia. Como cuando en la novela una amiguita le cuenta a otra de dónde vienen los bebés y usa una frase brutal, fría, estricta en su descripción, pero que convierte al sexo en algo más, algo que no se parece al sexo y es perturbador de otra manera. No termino de entender si la novela te pareció muy auténtica o muy brutal, pero ambas opciones son buenas.
— Me corro del eje: ¿en qué actividad, por mínima que sea, te mostrás como ejemplo y lo transmitís sin pudor?
—Soy valiente. Es algo que me sale y que me cuesta (en términos de costo) mucho más de lo que me doy cuenta, pero como dijeron Borges y el manager de Luis Miguel en la serie de Netflix: “Nadie se arrepiente de haber sido valiente”.
Todas las fotos de esta nota son gentileza de Victoria Liendo y María del Carril.
