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Historia del Instituto de Arte Moderno (IAM) y el Premio De Ridder (PDR): Un libro con vocación de memoria y futuro


Por Cecilia Molina

En la reconstrucción de la historia del arte argentino, hay figuras que operan menos como protagonistas visibles y más como verdaderos arquitectos de escena. La publicación Instituto de Arte Moderno / Premio De Ridder (IAM / PDR), editada bajo el sello de KBB Editores con el exhautivo trabajo que realizaron  Jorge “Pepe” De Ridder, Julia Petersen y Sigismond de Vajay, permite volver sobre una de ellas: Marcelo De Ridder, cuyo rol resulta central para entender la consolidación de el entramado cultural moderno en Buenos Aires.

Lejos de la figura tradicional del mecenas, De Ridder aparece en estas páginas como un potente agente en la producción de contexto. Su impulso al Premio De Ridder —vigente entre 1949 y 1977— no solo generó una plataforma de exhibición para artistas jóvenes, sino que contribuyó a establecer criterios, vínculos y circuitos que excedían lo estrictamente artístico. Más de 400 creadores participaron de ese dispositivo, que funcionó como un verdadero laboratorio de legitimación temprana.

El Premio De Ridder (PDR), instaurado en 1949 como uno de los primeros concursos privados de gran envergadura dedicados a las artes visuales en Argentina, se convirtió en una plataforma clave para la nueva generación de artistas argentinos y extranjeros radicados en el país. Celebrado anualmente, el certamen reunía a un jurado internacional y otorgaba galardones que significaban no solo reconocimiento artístico sino también apoyo económico para la producción.

El libro, en su escala monumental, presenta a De Ridder como parte de un gran sistema donde el Instituto de Arte Moderno (IAM) se vuelve su nodo fundamental. Desde ese espacio, ubicado en la calle Florida, se articularon disciplinas diversas —artes visuales, música, teatro, literatura— en diálogo con corrientes internacionales. En ese contexto, la figura de De Ridder se vuelve estratégica: no como productor de obra, sino como facilitador de condiciones para la estructura del campo artisitico de la época.

Uno de los mayores aciertos de la publicación es desplazar la mirada desde los nombres consagrados hacia los sistemas que los hicieron posibles. Así, artistas como Marta Minujín, Luis Felipe Noé o Gyula Kosice aparecen no solo como individualidades destacadas, sino como emergentes de una estructura que De Ridder ayudó a sostener. Su intervención no fue estética en un sentido directo, sino institucional, económica y simbólica.

Objeto editorial de gran escala —dos tomos, más de 800 páginas, un vasto archivo visual—, Instituto de Arte Moderno / Premio De Ridder se inscribe en una línea de publicaciones que funcionan tanto como investigación como pieza de colección. Sin embargo, su mayor valor reside en otra parte: en hacer visible una forma de intervención cultural que, como la de Marcelo De Ridder, fue tan silenciosa como determinante.

El otro tomo publicado es sobre el Premio De Ridder (PDR), instaurado en 1949 como uno de los primeros concursos privados de gran envergadura dedicados a las artes visuales en Argentina, se convirtió en una plataforma clave para la nueva generación de artistas argentinos y extranjeros radicados en el país. Celebrado anualmente, el certamen reunía a un jurado internacional y otorgaba galardones que significaban no solo reconocimiento artístico sino también apoyo económico para la producción. A lo largo de sus casi tres décadas, convocó a más de cuatrocientos creadores en disciplinas como pintura, escultura, grabado, dibujo y cerámica. Nombres como Oscar Bony, Nicolás García Uriburu, Alberto Greco, Gyula Kosice, Rómulo Macció, Luis Felipe Noé, Federico Peralta Ramos, Rogelio Polesello, Pablo Reinoso, Marcia Schvartz, Pablo Suárez, Jorge de la Vega y Horacio Zabala dan cuenta de su trascendencia histórica.

Marcelo De Ridder fue mucho más que un coleccionista de arte. Fue un visionario, un impulsor silencioso que, desde el mecenazgo, transformó el paisaje cultural de la Argentina de mediados del siglo XX. Hijo de una familia de origen suizo-alemán vinculada a los negocios y a la filantropía, con amplia cultura y mirada internacional, De Ridder comprendió —antes que muchos— que la cultura podía ser una fuerza transformadora, y que el arte moderno no debía ser alentado, acompañado y protegido.

El enfoque de estos libros  —atravesado por una dimensión de archivo y memoria— refuerza esta lectura. Más que construir una biografía, propone entender a De Ridder como parte clave del campo cultural: alguien que habilitó cruces, generó oportunidades y contribuyó a consolidar una escena en formación. En este sentido, su figura dialoga con una tradición de agentes culturales cuya influencia es profundamente estructural.

En un presente donde el mercado del arte revisa constantemente sus genealogías, el rescate de este tipo de figuras resulta particularmente significativo.  Estas publicaciones no son solo documentos, sino que ponen en primer plano a quienes constituyeron el detrás de las obras y fueron decisivos para su circulación y reconocimiento.

Instituto de Arte Moderno / Premio De Ridder  dos tomos, más de 800 páginas de un vasto archivo visual—, se inscribe en una línea de publicaciones que funcionan tanto como investigación como pieza de colección. Sin embargo, su mayor valor reside en otra parte: en hacer visible una forma de intervención cultural que, como la de Marcelo De Ridder, fue tan silenciosa como determinante.

IAM/PDR, un proyecto editorial de KBB, en dos tomos , que recupera y pone en valor esa experiencia pionera, fruto de una investigación minuciosa que busca iluminar un capítulo poco conocido pero fundamental de la cultura argentina.

Todas las fotos de esta nota son gentileza de la editorial KBB