Por Mauro Lazarovich
Vidas en tránsito. Historia íntima del pasaporte (Mardulce, 2025) de Lucas Mertehikian construye biografías mínimas, siluetas, de personajes ilustres (como el coreógrafo georgiano-americano George Balanchine) y de anónimos (algunos que fueron ilustres y cuyos nombres hoy no significan casi nada para nadie, otros que nunca lo fueron) a partir de la lectura de sus pasaportes: los que encuentra en los archivos de la Universidad de Harvard y los vencidos que compra obsesivamente por internet. Con ellos reconstruye una historia del documento que, en el último siglo, promete contener y hacer legible la identidad de todo viajero que llega a un país extranjero, y cuya ausencia se volvió un obstáculo más o menos infranqueable para aquellos obligados a cruzar fronteras. Mauro Lazarovich (investigador de la Universidad de Princeton, especialista en literatura sobre refugiados y apátridas) conversa con Mertehikian sobre el libro y sobre su colaboración con la artista Scherezade Garcia, quien intervino los pasaportes “viejos” de Mertehikian para reconvertirlos de memorabilia en obras de arte, expuestas en las galerías de Praxis en Buenos Aires y Nueva York durante la presentación de Vidas en tránsito.

Lucas Mertehikian es profesor visitante en el Pratt Institute e investigador en el Jardín Botánico de Nueva York, donde también dirigió el Instituto de Humanidades. Fue co-curador de la muestra Passports: Lives in Transit, en la Houghton Library of Rare Books and Manuscripts, de la que se derivó su libro Vidas en tránsito: Historia íntima del pasaporte (Mardulce, 2025). Foto: Dominique Besanson. Gentileza Lucas Mertehikian.
Mauro Lazarovich: La primera vez que leí un germen de lo que iba a ser Vidas en tránsito fue hace siete años: era un ensayo académico sobre el pasaporte de George Francis Train, un famoso empresario y trotamundos (hoy olvidado) que creía haber inspirado a Jules Verne para la escritura de su libro La vuelta al mundo en ochenta días (1872). Lo que más me llamó la atención era que el texto tenía un procedimiento que para mí entonces era nuevo (y que, después de haber leído algunas cosas sobre la historia del pasaporte me sigue pareciendo sumamente original): leyendo el ensayo pensé que habías aprendido a mirar un pasaporte, un objeto, a priori, ordinario, incluso feo, y escribir sobre un pasaporte como sobre un objeto bello, elocuente y significativo, como un libro, una fotografía, una obra de arte. Empecemos hablando de eso: ¿cómo te enseñaste a mirar y escribir sobre un pasaporte?
Lucas Mertehikian: No creo que mi experiencia del primer encuentro con un pasaporte fuera un encuentro trivial. Ese es uno de los motivos por los cuales el libro está escrito en primera persona. Nunca tuve la sensación de que esos objetos no fueran importantes. El pasaporte es muy íntimo, tan íntimo como todos los otros objetos que mencionaste: es tan íntimo como una foto, como un libro, como una anotación en una libreta. Entonces, nunca tuve la sensación de que esos objetos no fueran importantes o que no fueran una parte significativa de la vida de las personas que los habían tenido. Nunca dejé de tener la sensación de que eso era un pedazo del pasado que había sido salvado de su destino de trivialidad y evanescencia. Y que estuviera en mis manos ya me daba la sensación (dicho así suena medio solemne) de cierta obligación.
Como cualquier persona que mira un objeto por mucho tiempo, empecé a notar algunas cosas que eran fáciles de reponer con una historia del pasaporte: en qué momento empiezan a aparecer las fotografías, en qué momento las fotografías se empiezan a hacer a color, etcétera. Después fui aprendiendo a identificar otros rasgos que requerían cierto entrenamiento, como por ejemplo, darme cuenta de que alguien como Ana Di Stéfano (uno de los personajes del libro) entraba en Francia de manera más o menos periódica. Pensaba, ¿qué pasaba en esos años en ese pueblo? Es decir, que aprendí una forma de pensar paranoica, que no es ajena a la crítica literaria o a la investigación histórica. Pero esa forma de lectura también era íntima, afectuosa, melancólica.
ML: Una de las cosas que aprendí con el libro es la posibilidad de una compulsión que no sabía que existía: coleccionar pasaportes. Vistos desde hoy los pasaportes más que una tecnología son un anacronismo, una tecnología analógica, como un ábaco después de la invención de la calculadora: son de papel, casi anti-tecnológicos, son frágiles, se mojan y se rompen, son pequeños, fáciles de perder, tienen fecha de vencimiento. Y, sin embargo, vos vas al archivo en la biblioteca de objetos especiales en Harvard, y ahí están. Te metés a eBay o a cualquier nicho de coleccionistas, y ahí están también. Quería invitarte a reflexionar sobre esto: sobre cómo la materialidad del pasaporte—un documento, un papel—le permite ser tantas cosas con el paso del tiempo, y cómo el libro va pensando todas estas funciones que un pasaporte va asumiendo en la vida de una persona.
LM: Me gusta lo que decís del pasaporte como medio un anacronismo, al menos en su materialidad. Es interesante para pensar en el arco histórico del pasaporte: en un primer momento son la opción menos violenta, como alternativa a un tatuaje en el cuerpo, hasta un momento en el que, por alguna razón, hoy la gente probablemente no se quiere desprender de su pasaporte por distintas razones. Por razones más o menos frívolas o por razones de supervivencia. Pero pasó de ser una amenaza o un símbolo de desposesión para pasar a ser todo lo contrario, algo de lo que nadie se quiere desprender. Si fueras de viaje a un hotel y te pidieran que dejes el pasaporte en la recepción, sería una práctica preocupante: desprenderse de algo que deberías tener con vos todo el tiempo.
El momento en el que tomé dimensión del cambio en el estatuto del pasaporte fue cuando se transformó en obra de arte con la intervención de Scherezade Garcia. Yo había comprado esos pasaportes en eBay (al principio por pura obsesión, fascinado con el objeto), y se los di a Scherezade casi ocho años más tarde, siempre amenazados con transformarse en basura en la próxima mudanza. Cuando Scherezade se los llevó, se fue con ellos de Nueva York a Texas, a su estudio. Los intervino, me los mandó por correo y me dijo: "Te van a llegar por FedEx mañana". Y cuando llegó el sobre de FedEx, yo primero abrí el sobre entusiasmado. Y cuando vi los pasaportes y tomé conciencia de que ahora eran otra cosa, tuve como una preocupación muy instintiva respecto a que estaba a punto de tocar y tal vez romper algo importante, único y caro. La relación que tenemos con los objetos siempre es instintiva.

Scherezade Garcia, Sin título, 2025. Intervención sobre pasaporte alemán. Gentileza Scherezade García
ML: Algo potente de lo que hizo Scherezade es subrayar los elementos simbólicos y visuales del pasaporte. Además de contener la identidad de un sujeto, el pasaporte representa la de la nación: tiene una estética burocrática (como los himnos o las banderas) que generalmente exagera lo más exótico o distinguible de un país, pero también proyecta lo que un estado quiere simbolizar. A esos símbolos, Scherezade contrapone, o pone a conversar, los imaginarios que los migrantes construyen de los países a los que viajan. ¿Cómo surgió la colaboración con Scherezade? ¿De qué modo crees que su arte alteró (o quizás completa) la deriva del pasaporte que rastrea el libro? Después de años de mirar pasaportes, ¿cómo entendés el procedimiento que hizo ella al intervenirlos?
LM: Las intervenciones de Scherezade usan elementos de los pasaportes; de alguna manera, es como que los hacen más pasaportes. Usa un sello, por ejemplo, pero es un sello que no existe, creado por ella, un escudo nacional reconvertido en escudo nacional de la imaginación. Hace convivir a los símbolos imaginarios con los símbolos que los países se dan a sí mismos. Que a veces coinciden, ¿no?
La colaboración surgió por Guadalupe Lobeto, quien solía trabajar en Praxis, que me dijo que Scherezade estaba por hacer una exhibición en la galería e intuyó que los temas de la obra de Scherezade tenían mucho en común con los temas del libro. Y creo que no solo los temas, sino que Guadalupe ya estaba pensando también en el tipo de trabajo, porque Scherezade, además de artista, es profesora en la Universidad de Texas en Austin, entonces también su pintura tiene mucha investigación detrás; hay mucha investigación visual e histórica. Creo que por eso intuyó que podía haber una afinidad creativa. Y nos entendimos enseguida; Scherezade vio los pasaportes y entendió muchas de las mismas cosas que yo había entendido en mi primer encuentro con el pasaporte.

Scherezade Garcia, Sin título, 2025. Intervención sobre pasaporte iraquí. Gentileza Scherezade García
ML: Algo que me interesa del libro es cómo construye un archivo de citas y experiencias, de viajeros ilustres y anónimos. Una de las citas más melancólicas de ese archivo es la de Stefan Zweig, el escritor vienés que murió exiliado en Brasil por el nazismo, que dice: “Mi crisis interior consiste en que no me reconozco en mi pasaporte”. Siempre pienso en lo traumático que fue para Zweig, un dandy, cosmopolita, acostumbrado a viajar desde Viena a la India o Argentina, sin papeles, descubrirse de repente haciendo fila, mostrándole la cara a un funcionario estatal para ver si lo reconoce, cortándose el pelo para que se le vea bien la cara y las orejas en la foto del documento de identidad, ensuciarse los dedos de tinta para que le tomen las huellas dactilares. Son todas experiencias que nosotros normalizamos y que con el paso del tiempo dejaron de ser traumáticas y se convirtieron en más o menos banales, pero que a alguien como Zweig lo hacían sentir como un criminal. Pero para otros viajeros, como en tu libro George Balanchine, el fundador del New York City Ballet, exiliado de la Unión Soviética, el pasaporte es una entrada a una vida nueva, como una máscara, o un disfraz. ¿Cómo pensás estas funciones algo paradójicas del pasaporte, para alguien como Zweig una prisión de la identidad, algo que fija, encasilla, y para otros algo que se presta a jugar con la identidad, a mutarla?
LM: Está buenísimo lo que decís; Zweig y Balanchine son dos tipos de cosmopolitas contrapuestos y esa contraposición se puede ver en la relación que tiene cada uno con sus pasaportes. Además, son contemporáneos… Como decías, para Zweig el pasaporte es un obstáculo para recorrer el mundo y es un obstáculo para verse a sí mismo. Porque la imagen que le devuelve el pasaporte está completamente deformada, él no se ve a él mismo. Afuera de su hogar, para Zweig no hay nada, es la intemperie. En cambio, para Balanchine, ¿qué hay afuera del hogar? Otro mundo. Balanchine se va y no tiene nada que extrañar de su vida anterior. Por eso el pasaporte de Zweig es una prisión y el de Balanchine representa su libertad.
ML: Me llamó mucho la atención el subtítulo del libro, Historia íntima del pasaporte. Estaba pensando en la primera persona del libro, y los elementos autobiográficos que aparecen. Corregime, por favor, pero mi impresión es que el narrador es bastante pudoroso, habla sobre sí mismo, pero me da la impresión de que cuida mucho qué cuenta y qué no. Y al mismo tiempo, es bastante curioso, mira (con cierta compulsión) documentos más o menos privados de otros. Mi intuición es que “lo íntimo” tiene que ver con entender cómo un documento público, oficial, se convierte eventualmente en algo privado, algo que se guarda junto con los papeles que uno no le muestra a nadie. ¿Cómo pensaste tu lugar en la narración? Y escribiendo el libro, ¿cambió tu relación con tu propio pasaporte? Habiendo aprendido a leer tanto en un pasaporte ajeno, ¿hoy ves el tuyo y lo ves con otros ojos?
LM: Esta pregunta es un poco existencial, pero, sí, tenés razón, es una primera persona muy controlada. Los elementos que se cuentan de la primera persona están extremadamente curados, pero de manera instintiva, en ningún momento me tuve que hacer esa pregunta de ¿voy a contar esto o no voy a contar esto? No tengo miedo si me estoy exponiendo demasiado con esto, porque todo está tan controlado que no va a salir algo casual. Lo cual no quiere decir que no me sorprenda escribiendo. Va a parecer una bobada, pero me doy cuenta varios párrafos después de que de repente ya estoy escribiendo sobre mí mismo y sobre un recuerdo personal y no sobre un objeto que encontré en una biblioteca.