Por Inés Ahumada
En Alhaurín de la Torre, al sur de España, un monumental toldo de crochet transforma las calles en un paisaje de color y sombra. Creado por mujeres de distintas generaciones a partir de hilos reciclados, el proyecto recupera saberes artesanales y reivindica el valor del trabajo colectivo, la tradición y la sostenibilidad.
Suspendido sobre una calle bulliciosa y soleada de un pequeño pueblo del sur de España, cuelga un intrincado dosel de color, estampados y vida. En la vibrante localidad andaluza de Alhaurín de la Torre, donde el implacable sol mediterráneo baña sus calles de mármol, esta instalación artesanal no solo proporciona sombra, sino que también es una vívida expresión de comunidad, cultura y belleza.

El pueblo tiene un inconfundible aire andaluz: fachadas encaladas, tejados de terracota, balcones de hierro forjado y santa ritas en flor. Las mesas de los cafés se agrupan bajo la angosta sombra de los edificios. Las pequeñas plazas están bordeadas de naranjos y limoneros, y el aroma cítrico se mezcla con el jazmín y el perfume de tierra fresca. Al mediodía, el calor se posa sobre el pueblo como una pesada manta, pero un amplio toldo de crochet transforma la calle en un caleidoscopio. La luz del sol se filtra a través de miles de pequeñas puntadas, esparciendo vibrantes mosaicos de carmesí, azul y ámbar sobre el mármol, que bailan cuando la brisa agita los paneles.
El toldo de crochet nació hace más de siete años en el taller municipal de Eva Pacheco. Bajo la dirección su dirección, decenas de mujeres locales tejieron hilo reciclado en los coloridos paneles. Concebidos inicialmente como una alternativa sustentable a los típicos toldos sintéticos: esta marquesina más allá de su belleza, cumple una función ambiental, dando una segunda vida a materiales desechados. Una obra de arte artesanal, elaborada gradualmente, que respeta el medio ambiente y continúa una tradición andaluza. Encarna tanto el pasado como el futuro: es el producto de una técnica centenaria, preservada a través de generaciones, y al mismo tiempo representa la creatividad y la sostenibilidad del mundo contemporáneo.

El hilo cobra vida en la palma curtida y en la mano joven. En salas de estar, talleres y centros comunitarios, las agujas chasquean al tejer. La experiencia guía a la juventud, dirigiendo el suave deslizamiento de la mano, arriba y abajo, arriba y abajo. Al final, tanto el panel rápidamente elaborado por la experta, como el cuidadosamente ensamblado por la novata, flotan juntos bajo el cielo unidos en un todo vibrante.
El crochet es una técnica textil que utiliza una sola aguja con gancho para pasar el hilo a través de bucles, creando patrones interconectados. Se construye punto a punto, a diferencia del tejido, que estira los hilos sobre un bastidor. Con esta técnica se pueden crear desde delicados encajes hasta gruesas mantas y en este caso un tapiz monumental. La técnica se popularizó en la Europa del siglo XIX, particularmente en España. Las mujeres la adoptaron, integrándola en la vida doméstica, se transmitió de generación en generación, a medida que madres, abuelas y vecinas compartían los modos de realización y los diseños. Históricamente, se lo ha considerado como una labor femenina, una actividad doméstica y tranquila, a menudo realizada mientras se cuidaba a los niños o se cocinaba. Se utilizaba para confeccionar ropa, adornos y regalos, pero solía pasar desapercibido, a pesar de requerir una gran precisión y creatividad por parte de quien lo tejía. Sin embargo, en los últimos tiempos, ha ganado reconocimiento y ha cobrado popularidad como expresión de arte y cultura. Lo que antes se limitaba al hogar se ha extendido a talleres, galerías y proyectos comunitarios de gran envergadura.
Esta laboriosa técnica representa el arte olvidado de la artesanía lenta, que requiere paciencia, repetición y, sobre todo, el toque humano. Los productos del trabajo manual estarán impregnados de amor, o al menos, de cuidado. Muchas se dedican a la preservación del crochet, y esta instalación es un testimonio de su esfuerzo. A través de incontables horas e infinita cantidad de puntadas, las mujeres de Alhaurín de la Torre desafían la producción industrial moderna, llevando una actividad doméstica a las calles y elevándola hacia el cielo.