Por Pablo Strozza
Flashback a principios del Siglo XX, en el sur de los Estados Unidos de América. Allí, los esclavos afroamericanos tenían prohibido, entre un montón de otras cosas, tocar cualquier instrumento musical, vaya uno a saber por qué. Entonces, para acompañar sus cantos de lamento en los algodonales, se valían de las palmas y los pisotones. Hasta que… ¡zas! Esa tabla que usaban para lavar la ropa bien podía servir de acompañamiento percusivo. Así adoptaron la washboard, que luego fue utilizada tanto por los jazzeros como por los bluesmen, y por aquellos jóvenes que, en los años 50 y previo a la gran revolución que trajo el rock and roll, en Inglaterra desarrollaban un ritmo que la tenía como el elemento de percusión por excelencia: el skiffle.
Flashfoward a Buenos Aires, primer cuarto del Siglo XXI. Entre muchísimos proyectos ligados con el jazz y el blues (un listado incompleto que incluye al cuarteto de swing Hot Shooters; la New Orleans Party; los Waller Moods, con un repertorio basado en temas de Fats Waller; el Juanma Torres Rhythm & Blues Combo o la París Jazz Club), se puede ver a un flaco de bigotes aporrear, con tres de sus dedos cubiertos con dedales de los que usan para coser, una tabla de lavar tuneada a su gusto con los accesorios que le interesan. Bienvenidos al maravilloso mundo de Lucho Pellegrini y su washboard Cincinnati.

El uso del adjetivo posesivo “su” no es caprichoso. Tras enamorarse del instrumento y darse cuenta de que en la Argentina era dificilísimo conseguir una tabla de lavar, Lucho, de origen baterista, y su primo tomaron la decisión de fabricarlas. “Empecé con una tabla de lavar como la que puede haber en cualquier casa de familia, y con los dedales de coser que usan las abuelas (risas). Ahí llamé a mi primo, que también es baterista y es ingeniero, y me ayudó a ponerle chapa. Y nos quedamos pensando en hacerlas, porque nos dimos cuenta de que había gente que quería conseguir tablas de lavar para tocar en la Argentina y no podía. Eso fue a fines de 2015, y a principios de 2016 arrancamos haciendo los primeros prototipos de la Cincinnati. Y también a estudiar la historia de la washboard, de donde venía, quienes la tocaban. Por eso el nombre Cincinnati: las primeras washboards se fabricaban en Ohio, y vimos que una de las principales ciudades del estado es esa. Nos gustó porque tiene una cosa media italiana. Nosotros tenemos raíces italianas, y por un lado y por otro nos cerró que se llame así”, cuenta a través de su computadora, en algún lugar de la ciudad de Buenos Aires.
¿Cómo son estas tablas? “Queríamos hacer un instrumento liviano, que tuviese facilidad de sacar y poner accesorios”, dice Lucho. “La madera que usamos para todos los bordes se llama kiri. Es japonesa, pero se consigue en el norte argentino. Es muy moldeable, la veta está buenísima, y también tenemos un terciado de guatambú, que suena muy lindo. La chapa es una chapa de zinc galvanizada o sin galvanizar. La diferencia, además de lo estético, es que la galvanizada tiene un sonido más agudo y brillante. A las otras en un principio las oxidábamos, ya que queríamos un sonido más seco y robusto, pero hoy en día las pintamos con una placa negra. Esas tienen un sonido más opaco y grave”, describe.

¿Y cuánto tiempo lleva tener una washboard? “Las tablas ya están fabricadas, pero en el caso que nos encargues una desde cero, el proceso de fabricación es de aproximadamente tres días”, explica Lucho. “Trabajamos con un stock, y cuando se nos agota, algo que nos pasa muchas veces, es el momento en el que tenemos que empezar a hacer malabares para explicarle a la gente los tiempos, teniendo en cuenta que es un producto artesanal. Somos mi primo Rodrigo y yo más un tercer socio en los Estados Unidos que se llama Tim, que es quien hace el desarrollo de la marca tanto en Europa como en Estados Unidos. Y tenemos tres personas que nos ayudan en el taller. Yo me dediqué más a la parte del marketing y a enseñar como tocar el instrumento. Y mi primo está con la producción”, comenta, con precisión quirúrgica.
El valor de cada Cincinnati varía entre los $ 90 mil y $ 430 mil. “Las más caras son combos que vienen con un montón de accesorios. Es como un set percusivo portátil listo para salir a tocar. La más barata es chiquita, y sirve tanto para aprender como para usar, por ejemplo, en un viaje. Es un instrumento muy divertido ya que tiene esta cualidad de poder sacar y poner accesorios, algo que lo hace muy versátil”, expresa Lucho. Y completa con una verdad irrefutable: “La washboard tiene un costado muy lúdico: vos sacás la tabla en un recital, y a la gente le explota la cabeza”. En este tiempo digital de inteligencia artificial y algoritmos anticipatorios, la vuelta a las raíces musicales afroamericanas no pasa por el lavarropas multifunción, sino por la tabla de lavar. Que así continue.
Las fotos de esta nota son de Aidan Grant, gentileza Lucho Pellegrini