Por Inés Ahumada
Existe una clase especial de envidia, la más vergonzosa y dolorosa, reservada para quienes amamos. He llegado a la conclusión de que es en las amistades femeninas donde más se manifiesta. Es curioso cómo la persona más querida, la persona con la que compartís todo, puede ser también la fuente de la envidia más insoportable, de esa que te hace arrancar los pelos. No se trata del resentimiento hacia los extraños ni del odio hacia los enemigos, sino del dolor de ver a quien uno más quiere encarnar todo lo que uno anhela. Este es el caso de la saga napolitana (la tetralogía Dos amigas) de Elena Ferrante, que narra el complejo vínculo entre Elena y Lila desde que crecen en un barrio pobre de Nápoles, en la década del 50, hasta llegar a la vejez. La primera novela, La amiga estupenda, narra la juventud de Elena y Lila, desde que se conocen y comienzan a desenvolverse en los desafiantes caminos de la educación y la sociedad de su barrio obrero napolitano.
La envidia de Elena hacia Lila comienza como una rivalidad académica, ya en la escuela primaria. Elena es la mejor de la clase y la preferida de las maestras. En cambio, Lila es inicialmente una niña traviesa y rebelde que lanza balas de papel con tinta a sus compañeros, pero pronto demuestra una inteligencia innata y profunda. Comprende fácilmente nuevos conceptos, desafía la autoridad y parece poseer una brillantez sin límites. Por mucho que lo intente y de las horas que le dedica al estudio, Elena se queda inevitablemente atrás. El genio de Lila no se limita a la escuela: demuestra una increíble capacidad para leer a las personas, resolver problemas y superar desafíos. Elena observa cómo Lila la supera día tras día. Si bien finalmente se resigna al segundo lugar, vive constantemente pasmada por la soltura y naturalidad de su amiga; Lila no compite con ella. El éxito parece perseguir a Lila, mientras que Elena persigue el éxito. Y es precisamente por eso que su envidia nunca se convierte en resentimiento. La rebeldía de Lila es tanto fuente de inspiración como de frustración, impulsándola a esforzarse, a la vez que le recuerda dolorosamente lo que carece.
Al finalizar la primaria, la maestra anima a los padres de Lila y Elena a pagar el examen de ingreso a la secundaria, haciendo hincapié en la capacidad académica de sus hijas. Los padres de Elena la apoyan y le permiten continuar sus estudios, pero el padre de Lila se niega y, en un arrebato de ira, la arroja por la ventana, rompiéndole el brazo. Así, Lila, la amiga brillante, se ve obligada a trabajar en la zapatería familiar, para alivio de Elena, quien, profundamente afectada por su complejo de inferioridad, disfruta de la oportunidad de sobresalir al fin, ya no bajo la sombra de su amiga. Sin embargo, Elena pronto descubre que, sin la compañía intelectual y la rivalidad de Lila, su ardiente deseo de aprender se apaga. Es evidente que el éxito de Elena se basa en la competencia con Lila. Mientras tanto, Lila no permite que su falta de educación formal la detenga: continúa estudiando en secreto, tomando prestados en secreto una gran cantidad de libros cada semana, y sigue de cerca la formación de su amiga. Cuando Elena se entera de que Lila ha devorado el libro de gramática griega que ella ha estado trabajando arduamente, su envidia se reaviva. Lila reconoce su papel en el éxito de su amiga y la manipula para obligarla a valorar sus oportunidades académicas. Sin embargo, finalmente centra todos sus esfuerzos en el negocio familiar. El polvo se acumula en sus libros y, paralelamente, en los de Elena, quien ya no ve sentido en la carrera intelectual que alguna vez consideró su futuro. Su ambición depende paradójicamente de la persona cuya brillantez envidia. Sin Lila como rival, Elena no vislumbra metas por delante, no siente la pasión que la impulsa. Lila sigue otro camino, y una vez que Elena se da cuenta de que está sola en el suyo, ¿qué sentido tiene seguir adelante? No tiene a quién superar, así que deja de correr.

Elena se consuela con lo que sí posee. Tranquiliza a su miserable yo prepúber, pulcra y de pelo rizado, con el hecho de que es más linda que Lila. Esta reafirmación de superioridad física es fundamental para la vanidad de Elena. Delgada, morena y rebelde, Lila no es convencionalmente atractiva, al menos no a los ojos de Elena: no es la chica alegre y rubia que Elena ve en el espejo. Desde el principio, las amigas se presentan como polos opuestos. Sin embargo, al entrar en la pubertad, esta jerarquía comienza a revertirse. Aquejada por los problemas típicos de la adolescencia —el sobrepeso, los anteojos, el acné— y sumada a ello la fatiga por los estudios, la autoestima de Elena se resiente. Al mismo tiempo, observa cómo Lila se estiliza, cómo sus rasgos oscuros y afilados cobran fuerza y cómo madura hasta convertirse en una belleza impactante con la que Elena no puede competir. Pronto, Lila empieza a atraer las miradas de muchos de los hombres en los que Elena desea despertar interés. A medida que ambas empiezan a bailar y a asistir a fiestas, esto se hace aún más evidente: todos los jóvenes, incluso el inalcanzable Marcello, quieren bailar con Lila—de hecho, empiezan a pelearse por ella. Cuando Lila se casa con Stefano, un comerciante rico, entra en un mundo de opulencia anteriormente desconocido e inalcanzable. Stefano la malcría, colmándola de regalos costosos y vistiéndola con elegancia, de modo que Lila recorre las empobrecidas calles napolitanas como si hubiera salido de las páginas de una revista de moda. Se ha transformado: ya no es aquella criatura flaca y salvaje, sino una dama sofisticada al lado de la cual Elena se siente dolorosamente ordinaria.
Para Elena, Stefano es la prueba de que el universo premia a Lila con todo: inteligencia, belleza, encanto y riqueza. Elena, incansable con sus libros, no tiene nada de lo cual jactarse. Teme que la vida repita este ciclo angustiante—que deba continuar esforzándose el doble para conseguir apenas la mitad de lo que Lila ostenta. Resulta irónico que Lila, tan limitada por sus circunstancias, sea quien haya logrado escapar de ellas, poseyendo ahora la belleza, la seguridad y el lujo que Elena creía que algún día serían suyos. ¿De qué sirve la educación?, se pregunta al ver cómo Lila accede sin esfuerzo a la riqueza y el estatus de la vida adulta que ambas tanto anhelaban. En realidad, el matrimonio de Lila resulta ser otra jaula: una jaula de oro, pero una jaula al fin y al cabo. Sin embargo, a los ojos de Elena, el anillo de bodas es como echar sal en la herida. Es un elemento más que adorna el dedo de Lila, un recordatorio más de su propia insuficiencia y un logro más del que ella carece.
Ferrante comprende magistralmente que los celos de Elena no se deben tanto a las cosas que Lila consigue: Elena no desea a Stefano para sí misma, ni anhela la belleza de Lila. Puede que le angustie el brillo de su amiga, pero, sobre todo, envidia la facilidad con la que Lila obtiene todo aquello con lo que ha sido bendecida. Mientras Lila avanza con fluidez hacia la cima, Elena debe abrirse camino cuesta arriba a base de esfuerzo y tenacidad; parece que seguirá luchando así eternamente, persiguiendo a su amiga y su naturalidad innata.
Quizás sea por esto que La amiga estupenda sea tan popular. En mayor o menor medida , todos hemos tenido una Lila (o varias) en nuestras vidas. Siempre hay alguien que, desde su superioridad, nos ha impulsado a ser mejores; alguien cuyos dones han puesto de manifiesto los límites de los nuestros. Cabe señalar, no obstante, que la envidia de Elena no es unidireccional. Aunque no tenemos acceso directo a sus pensamientos, es evidente que Lila también envidia a Elena: esta posee la educación y la libertad de las que Lila carece, por lo que ella también se ve obligada a observar con angustia desde lejos, presa en su jaula de oro.
Aunque sea un cliché, sigue siendo cierto que el césped siempre es más verde en el jardín del vecino.