Procesos creativos

Había una vez en Francia: la trastornada y tarantinesca nueva novela de Sergio Olguín

Hablamos con el escritor argentino sobre Los últimos días de Julio Verne, su novela más atípica. Realidad y ficción conviven en un proyecto que el autor de La fragilidad de los cuerpos y Lanús viene craneando hace aproximadamente 20 años.

Por Nicolás Mancini

21.05.2024

Imagínese que Los últimos días de Julio Verne, la última novela de Sergio Olguín, es el tablero de Jumanji. Usted es Judy o Peter, uno de los hermanos, da igual. Está al tanto de que la pieza esconde algún misterio, pero no sabe cuál. Así que antes de abrirla está mentalmente preparado. Está seguro de que aquello que esconden sus 400 páginas (exactas) lo va a impactar. Para bien o para mal. Porque no es una biografía del prolífico escritor francés. Ni una de aventuras, ni una de terror, ni un thriller, ni un policial, ni una ficción histórica, ni una romántica. Es todo eso junto. “Kafka decía: un escritor tiene que abrirle una puerta al lector que lo lleve a un lugar donde no esperaba estar”, reconoce Olguín a The Praxis Journal.

En Los últimos días de Julio Verne, el escritor se vale de los recursos de cada género para dar a luz un mixtape improbable. Él mismo lo reconoce: “Quería poder ir del policial a la aventura, de la aventura a la novela decimonónica de misterio, de la novela decimonónica de misterio a la novela romántica y, finalmente, hacia el terror. Pero como el terror tampoco es muy fuerte, ni un género que yo escriba, lo que hice fue trabajar con otro género que se parece mucho, que es el Grand Guignol y en realidad es un género teatral”.

La pluma detrás de Oscura monótona sangre juega, como Quentin Tarantino, con la reinvención de un pasado. Mientras que el cineasta lo hace con los nazis, el spaghetti western y el asesinato de Sharon Tate, Olguín trastoca lo ya conocido de la vida de Jules Verne y moldea a su gusto la Francia de finales de siglo XIX y principios del XX. “Creo que todos tenemos la cabeza ya totalmente metida en el mundo del cine, así que no me extraña que Tarantino sea una influencia importante. Me gusta lo que hace generalmente con los géneros”, admite Olguín.

Puede que la lectura de Los últimos días de Julio Verne genere algo similar a ver una serie bien adictiva. Una sensación que sus lectores de siempre ya conocen muy bien. “Esa estructura de serie tiene que ver con mi primera novela, Lanús (2002), y se mantiene en todos mis libros. En ellos trabajo cada capítulo como una unidad en sí misma donde o se termina una historia o empieza algo hacia el final que te va a enganchar a partir del capítulo que viene. Evidentemente hay una influencia notable de las series”.

La trama de su nueva novela acompaña principalmente a Michel Verne, el hijo del escritor, y a Leyla, la novia de ese personaje. Pero también a un crisol de secundarios entrañables: un pintor reventado, un italiano aventurero, unas locas, un malo que te hiela los huesos. Y, obviamente, a Julio, el hacedor de clásicos inexpugnables de la literatura de aventuras como lo son Viaje al centro de la tierra o La vuelta al mundo en ochenta días. Julio se presenta ante Michel para pedirle un favor hartamente complejo y comprometedor: debe ayudarlo a deshacerse de un cuerpo que le plantaron. Tras esa conversación, la moneda gira en el aire.

¿Quisiste “jugar” con la expectativa de que el lector no sepa con qué se va a encontrar?

Había ciertos temas que yo sabía que tenían que estar, pero otros fueron surgiendo a medida que escribía. De alguna manera tenía que ir hacia lo terrorífico, lo sanguíneo, lo más terrible. Y tenía que tener un final casi irreal que se escapara un poco del género realista. Porque la novela justamente lo que te hace es un planteo absolutamente realista de época (donde vos podés seguir las calles de París como si fuera una guía) que después sirve de soporte de una historia absolutamente fantasiosa que se sale de lo real.

-

Más allá de ser una novela multigénero sobre un tema que se sale de la norma en lo que a la obra de Olguín refiere, Los últimos días de Julio Verne encuentra su distinción en otros tres puntos irreprochables: 1) los personajes secundarios; 2) la estructura temporal; 3) la lengua criolla.

Por un lado tiene secundarios sustancialmente relevantes (Olguín, de decidir continuar con la historia, lo hará con algún spin off de alguno de ellos) entre los cuales destaca por sobremanera el Doctor Zambaco, posiblemente el villano más despiadado de su obra. Ya hablaremos de él.

Por el otro, el tiempo de la narración está estructurado de manera tal que causa en el lector un efecto bastante curioso. “Los tiempos se superponen, se atrasan, se adelantan, se corren, y no solo en tiempo, sino en espacio. Los personajes pueden aparecer y desaparecer con cierta arbitrariedad, que en realidad no es tal, porque hay una estructura que lo sostiene. Y a su vez yo soy un autor de personajes. Lo que mejor creo que puedo hacer es crear personajes. Siento que pongo el trabajo más complejo en darle una personalidad a mis personajes, aunque sean totalmente secundarios. Cuando te pones a escribir y hay personajes que no están en tu cabeza, que no existen todavía en el momento en que armás la novela, y surgen cuando la escribís es lo más parecido a un milagro que puede encontrar un escritor”.

¿Cómo estructuraste la trama de la novela?

Tal vez te sirva, si te cuento, que lo último que escribí de la novela es lo que está intermedio. El intermezzo. ¿Por qué? Porque esa historia tenía un problema técnico. Hay dos personajes, que son Lorenzo y Leyla, que iban a estar en el mismo territorio pero no tenían que encontrarse. Y, a su vez, sus historias tenían que ir en paralelo. Para mí era una dificultad técnica enorme. Entonces, de vago, fui pateando la idea hasta el final. El Verne con el que había empezado a trabajar y con el que termino la novela son dos Vernes distintos en mi cabeza.

Y el villano es un Señor villano…

Encuentro a Zambaco de casualidad, leyendo la Historia de la vida privada, en una referencia que hace Michelle Perrot en un artículo sobre las costumbres amorosas y eróticas de los franceses. Me pongo a averiguar y veo que Zambaco había hecho cosas terribles con dos nenas chiquitas.

-

Uno de los chiches de la historia es un informe cien por ciento real del Doctor Zambaco que Olguín tradujo tal cual lo encontró. “Es tan inverosímil lo que se cuenta que dije: ‘No voy a cambiarle una palabra en cuanto al concepto’. Dejé lo que decía porque me parece que ni un escritor puede inventar el grado de atrocidades que hizo Zambaco”.

En tercer lugar, Olguín no se refiere a la Argentina en la novela -hay easter eggs, sí, y si está atento quizás los descubra-, pero sí argentiniza la voz del narrador. Imaginemos de vuelta: sus personajes, la gran mayoría franceses, son los de una película ATP que, penosamente, debe llegar a las salas doblada al español. En esa película imaginaria, Michel, Julio, Leyla, Zambaco y compañía se expresan del mismo modo que los personajes de la versión doblada al español de Los Increíbles. El gesto patriota corresponde a cierta idea filosófica del autor. “Es raro porque no estamos acostumbrados a eso, sino a lo contrario, a que los europeos o norteamericanos se apoderen de nuestras historias y cuenten en inglés películas que transcurren en Francia o en lo profundo de Latinoamérica. Acá los personajes se comunican en francés. Lo que pasa es que la novela está escrita en argentino y yo no quería resignar eso, aunque sabía que en un primer momento iba a resultar un poco chocante. Evité igualmente algunas expresiones muy vinculadas al rioplatense. No hay ningún boludo, no hay ningún ché, no hay ningún forro. Hay un lenguaje un poco más cuidado en ese sentido. Pero sí no iba a resignar nuestras palabras y tampoco el uso del vos… aunque en Francia se tuteaba poco”. Olguín no quería resignarse a usar el neutro o el tú como esas novelas argentinas cuyas tramas transcurren en Europa y se esfuerzan en vincular la historia con algo argentino. “Me parece que siempre es un buen gesto apropiarse de la cultura en un sentido amplio. Y yo, que soy un fanático de la literatura francesa, he leído mucha literatura francesa, he hecho revistas vinculadas a la literatura francesa como V de Vian y desde mi infancia leí a Julio Verne, soy dueño de esa herencia cultural tanto como un francés. Siento que puedo escribir una novela en función de eso, pero desde mi lengua argentina”.

¿Te divertiste más investigando o escribiendo?

Me divertí más leyendo, no investigando.

-

Desarrollando la novela -tarea que le demoró más de un año de tiempo neto de escritura, pero dos décadas de preparación mental- Olguín descubrió, por ejemplo, al Guy de Maupassant más profundo. Leyó más allá de Bola de sebo y encontró una de las mejores novelas -para él- jamás escritas en Francia en el siglo XIX: Una vida. Dice que está al nivel de Madame Bovary y que a partir de allí se distrajo y leyó casi todas las novelas del discípulo de Flaubert antes de seguir con las locas aventuras de los Verne.

Aunque Olguín está “hecho” con Los últimos días de Julio Verne, la época será un tópico que seguirá explorando. Vendrá una nueva aventura de la saga de Verónica Rosenthal ambientada en 1975 (pero con mucho de 2024) y, posiblemente, una precuela de otras dos novelas suyas -El equipo de los sueños y Springfield- ambientada en el siglo XII. Esa historia es, en términos dramáticos, la traducción al criollo de un antiguo libro en latín. “Es una novela medieval con personajes medievales escrita una vez más en nuestra lengua”, explica.

En lo nuevo de Rosenthal, el autor posiblemente se referirá al presente desde un pasado que lo remite. Sobre la posible disolución de la Ley del libro propuesta en una primera instancia por el gobierno de Javier Milei, el autor quiere dejar en claro una diferencia: una cosa es la industria cultural y otra la cultura. “Hay que defender la industria cultural, las leyes, la financiación y la posibilidad de seguir realizando con apoyo del Estado, pero si la gente no tiene para comer por más que haya precio uniforme del libro la cultura no funciona. Si vos no tenés trabajo por más que se produzca mucho cine argentino la cultura no funciona. Por más que vos puedas tener apoyo para hacer obras de teatro, si no existe un sistema de salud gratuito y de acceso a todo el mundo con presupuesto para medicamentos, la cultura no funciona. Para que haya cultura lo que necesitamos es un país sin desocupación con trabajos que no sean precarizados, educación y hospitales. Eso es lo que mueve la cultura. Todo lo demás mueve a la industria cultural y a mi, en este momento, para serte honesto, me interesa más el problema cultural que las leyes concretas vinculadas a la literatura, el cine o el teatro. También son importantes porque en esos hábitos trabaja gente que vive de esto y es víctima también, pero en realidad eso se enmarca en un proyecto de destrucción del concepto del ser argentino que es lo que está inmerso en el gobierno de Milei. Porque el gobierno de Milei tiene un plan económico y un proyecto político: el plan económico tiene que ver con la precarización laboral, con el no subsidiar ni la salud ni la educación ni la cultura y no ayudar a los que están peor económicamente. El proyecto político tiene que ver con destruir la identidad argentina. Con que no tengamos identidad. Que un pibe sin importar la clase social esté cursando la secundaria y pueda pensar en estudiar una carrera universitaria forma parte de nuestra cultura.

¿Creés que la identidad se puede destruir?

Se puede hacer de todo para destruirla, claro que sí. Porque la identidad está dada por todos los sectores que producen en un país. Hay toda una contraposición de conceptos de cultura y civilización. La civilización es todo lo que construye la persona alrededor de una comunidad. Nosotros tenemos una cultura del trabajo, una cultura de la salud, una cultura educativa y eso es lo que está tratando de destruir Milei. Un país sin una cultura fuerte, sin una personalidad definida, es un país mucho más fácil de colar proyectos neocolonialistas, que es lo que va a ocurrir con nuestro campo, con nuestras minerales, con nuestro petróleo, con nuestra fuerza de trabajo y nos vamos a terminar convirtiendo en un territorio latinoamericano perdido en el sur del mundo en vez de ser Argentina.

Los últimos días de Julio Verne fue editado por VR editoras.