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Kurt Vonnegut: cómo reírse del destino

La traducción de Cronomoto, el último libro de ficción publicado en vida por el escritor, es la excusa perfecta para volver a escribir sobre uno de los grandes escritores del Siglo XX.

Por Pablo Strozza

15.04.2024

No es cosa de risa era el título del cuento que Kilgore Trout escribió antes del 13 defebrero de 2001, el día que el universo detuvo su expansión y todo regresó a lo que ocurría una década atrás, y las personas se vieron obligadas a repetir exactamente todo lo que habían hecho diez años antes, con la horrible sensación de conocer con exactitud que les deparaba el futuro. En ese relato, Trout daba cuenta del derrotero del Joy’s Pride, el avión aliado destinado a arrojar, hacia el final de la Segunda Guerra Mundial y tras Hiroshima y Nagasaki, una tercera bomba atómica sobre la ciudad japonesa de Yokohama. Una misión que no se llevó a cabo gracias a que el piloto, a diferencia de Paul Tibbets, el aviador a cargo del Enola Gay que transportó la bomba que incendió Hiroshima, dijo que su madre no estaría de acuerdo con su accionar: una reflexión que respaldó toda la tripulación. El cuento, como tantos otros escritos por Trout en ese período, fue destruido.

Esa narración es una de las tantas historias que componen Cronomoto (Timequake en su original inglés de 1997, publicado en castellano gracias a los oficios de la Editorial Malpaso), el último libro de ficción publicado en vida por el estadounidense Kurt Vonnegut (Indianápolis 1922 – Nueva York 2007). Y, como en tantos otros relatos suyos, la realidad y la ciencia ficción se mezclan con el humor, la defensa del medio ambiente y el humanismo, y dan como resultado otro volumen que en medio de la introspección de la lectura arrancará una inesperada carcajada a cualquier lector que esté familiarizado, o no, con su obra.

Hay un hecho que se menciona en cualquier nota en la que se hable de Vonnegut, y es el bombardeo aliado a la ciudad alemana de Dresde, que se llevó a cabo entre los días 13 y 15 de febrero de 1945 por parte de aeronaves de la Real Fuerza Aérea Británica (RAF) y de las Fuerzas Aéreas del Ejército de los Estados Unidos (USAAF). En el momento de esa “matanza inconcebible” (se dice que hasta el propio Winston Churchill, en la intimidad, la condenó por su brutalidad) Vonnegut era un soldado estadounidense que estaba como preso de guerra en esa ciudad, y fue uno de los siete prisioneros que sobrevivieron por estar confinados en un sótano para empaquetar carne llamado Matadero Cinco. Una vez que los bombardeos culminaron los alemanes lo pusieron a apilar cadáveres para que fueran enterrados en sepulturas comunes, pero “había demasiados cuerpos que enterrar, así que los nazis prefirieron enviar a unos tipos con lanzallamas. Todos esos restos de víctimas civiles fueron reducidos a cenizas”. Esta experiencia, que por supuesto fue un antes y un después en la vida de Vonnegut, fue plasmada en el libro Matadero Cinco (1969), uno de los alegatos anti bélicos más contundentes de todos los tiempos, y como se ve en No es cosa de risa de Kilmore Trout (su alter ego de ficción) es recurrente en todos sus libros y escritos de no ficción.

Según escribe en el prólogo, Cronomoto (con sus sesenta y tres capítulos cortitos, de cuatro páginas promedio de extensión, con frases que en muchos casos actúan como los one liners de los comediantes de stand up) es un libro con el que luchó varios años hasta lograr darle la forma que conocemos. De hecho, señala que este volumen sería una suerte de Cronomoto 2. Más allá que el protagonista sea Trout, Vonnegut suele aparecer en el relato ya sea contando verdades o no, en un recurso literario que ya empleó en Matadero Cinco y el indispensable Desayuno de campeones (1973). El gran tema de Cronomoto, de la mano de la detención del tiempo, es la ausencia de libre albedrío en la vida de las personas en contraposición al determinismo. La idea de Brian Eno de “la repetición como forma de cambio” es la antítesis del libro, ya que vemos personas que repiten de modo exacto las mismas decisiones que tomaron en el pasado, sin poder hacer nada para modificarlas. Por eso mismo, cuando todo regresa a la normalidad tras re hechuras que duraron diez años sin posibilidad alguna de alteración, el efecto en la población es de desidia y tristeza, con una sola excepción que confirma la regla: Kilgore Trout. “Estabas enfermo, pero ahora estás bien, y hay trabajo que hacer”, les dice a las personas, y ojalá hubiésemos oído palabras similares a medida que íbamos saliendo de la pesadilla y de los golpes psicológicos provocados por el aislamiento que sufrimos por la pandemia del Covid-19.

“En mis conferencias suelo decir que una plausible misión del artista es lograr que la gente se sienta más contenta de estar viva. Entonces me preguntan si sé de algún artista que lo haya conseguido - Los Beatles - respondo”. La gran enseñanza de cualquier escrito de Kurt Vonnegut es esa. Parafraseando a Oscar Wilde, cualquiera puede hacer historia, pero no cualquiera puede contarla, y mucho menos con humor y respeto por el prójimo y ese entorno que es de todos llamado Planeta Tierra. Y con la veneración sin igual que le vale a lo que consideraba la única prueba de la existencia de Dios: la música. Porque “no importa cuán corruptos, codiciosos y desalmados se vuelvan nuestros gobiernos, nuestras corporaciones, nuestros medios de comunicación y nuestras instituciones religiosas y caritativas: la música seguirá siendo maravillosa”. Amén.

Fotografía de portada: retrato de Kurt Vonnegut. Gentileza Editorial Malpaso.