Portrait

Victoria Verlichak: "El ser humano todavía necesita la lectura"

Primero estudió sociología. Se acercó al mundo del arte en la década del 70, durante su exilio en Caracas, cuando conoció por casualidad a la célebre crítica Marta Traba. Desde aquel momento su trayectoria profesional se fue consolidando a medida que colaboró con diversos medios gráficos de Latinoamérica.

Por Agustin Seijas

13.09.2019

¿Podrías describir tu profesión?

Soy periodista especializada en arte. Transité la crítica de arte en Buenos Aires, he escrito ocho libros. Un crítico de arte tiene varias cosas que hacer. Primero, aprender la historia del arte. Segundo, mirar lo que le corresponda a su tiempo, conocer la escena, leer mucho y sobre todo mirar mucho. Yo estudie sociología, que no tiene nada que ver con el arte, pero luego estudié y me especialicé. Cuando tenía 24 años vivía en Caracas (Venezuela), en un edificio que tenía un pequeño parque propio. En ocasiones, cuando bajaba a pasear con mi bebé, escuchaba las teclas de una máquina de escribir y me llamaba la atención. Luego descubrí que allí vivía una señora que trabajaba como crítica de arte. Cierto día ella se acercó y me dijo: “Vos sos la chiquita argentina de la cual me habló Cándido (el portero). Yo soy Marta Traba y mi marido es Ángel Rama”. No tenía idea de quién era ella, pero su marido me sonaba. Él fue un connotadísimo crítico literario y cultural uruguayo, también exiliado, muy importante en América Latina. Y ella fue una crítica de arte famosísima, luego de dejar Argentina durante la primera época del peronismo. Eran una pareja poderosa. Entonces, ella me invitó a su casa porque mi marido (Pepe Eliaschev, periodista y escritor argentino) había sido colega del suyo. Enseguida me mostró y me contagió su amor por el arte, prestándome libros para que yo leyera. Debo decirte que, mucho tiempo antes de eso, yo había tenido una profesora en el colegio Esclavas del Sagrado Corazón de Jesús que incentivó mi pasión por el arte; ella era Irma Arestizábal, historiadora, curadora y crítica considerada una de las expertas más destacadas del arte latinoamericano. Volviendo a Marta Traba, ella fue una influencia decisiva. Después de Caracas nos fuimos a vivir a Nueva York y allí me dediqué a mirar y aprendí muchísimo mirando, tanto que mis pasos iniciales en prensa los di como periodista cultural. Mi primera nota firmada fue sobre cómo pasaban las comunidades extranjeras la Navidad, en Nueva York. La hice para el Diario de Caracas, cuyo fundador y director era Rodolfo Terragno.

¿Cómo fue el encargo de aquella primera nota?

Se la habían pedido a mi marido, que era corresponsal del diario, pero a él le interesaba cubrir política y economía, así que me preguntó si quería hacerla yo. Así empecé. Después me pidieron cubrir un remate importantísimo de Arte Latinoamericano, una retrospectiva de Picasso en MoMA, y de a poco me fui haciendo una carpetita con mis recortes de notas. Cuando nos mudamos a México en 1981, el diario Sol de México estaba necesitando a alguien para cubrir arte. Al poco tiempo, de manera paralela, comencé a escribir sobre libros en el diario UnomásUno.

En una entrevista que está en YouTube dijiste “Yo no tengo mucha esperanza de que la gente lea mucho en este momento, ni que a la gente le importe mucho nada acerca de nada”. ¿Querés ahondar un poco en esta declaración?

Es un poco parecido a eso de “¿qué vino primero: el huevo o la gallina”. Cada vez hay menos espacios, en la prensa general, dedicados al arte. Entonces, es un poco difícil escribir pensando que hay poca gente que te va a leer. Una cosa es que hay poco en los medios y otra cosa es que la gente no lee. Que los medios publiquen cada vez menos es un tema distinto y no hay que mezclarlo o confundirlo

¿Es difícil o doloroso?

No se trata de una tragedia personal. Es el aire de los tiempos. Cambió la manera de acercarse al arte, ahora todo es experiencia más que lectura y reflexión. Quienes consumen arte, prefieren la experiencia a la introspección que implica la lectura. En realidad, se lee distinto, no es que la gente no lee. Se aproxima a las redes sociales y ahí hay posibilidades de lectura, como ocurre en Internet en general.

¿Y creés que es una lectura profunda o leen solo los copetes?

Al que le interesa va a leer a fondo y al que no, no va a leer nada. Hace poco descubrí que hay un libro mío en internet y a mí nadie me pagó nada por eso; se supone que hay un valor de derechos de autor. Y después me dije: “Y bueno, mejor que alguien lo lea así, no se venderá tanto, pero es otro momento del mundo”. Mucha gente lee libros digitales desde sus teléfonos o tablets. Creo que la lectura es algo que el ser humano necesita todavía.

¿Notás el paso del tiempo en los temas de fondo que abordan los medios?

Durante muchos años, cuando vivíamos en Nueva York, estuvimos suscritos a la revista The New Yorker y ahora la sigue recibiendo mi hijo y yo la leo. Veo el paso del tiempo en las temáticas. En los años 70, en los medios intelectuales de Nueva York se hablaba de los pensadores judíos alemanes de Europa Central, del bloque comunista y de sus intelectuales exiliados, de Carter y Reagan, de la guerrilla en Centroamérica. Eran esas las problemáticas. Y ahora los temas de tapa del The New Yorker son la inmigración, la integración, la discriminación de la mujer y el acoso, el terror del extremismo islámico, Trump y sus excesos, entre otras cuestiones.

¿Te resulta más interesante aquella otra época con sus temáticas?

Es que no se comparan. Cualquier adulto va acompañando su propio tiempo. No tengo un parámetro para decir cuál es más interesante. Cada uno tiene sus circunstancias, yo creo que mi circunstancia es interesante per se, pero no por el mundo que me rodea. Yo soy bastante sociable, pero a la vez tengo mucha capacidad de introspección y de soledad.

¿Cómo han cambiado los medios-canales de comunicación?

Cambiaron para mejor, en el sentido de que hay mayor difusión con los medios digitales. Pero, por otro lado, las personas que estamos formadas y que trabajamos en el soporte papel sentimos que no es lo mismo ver publicado nuestro trabajo en la red que en papel. Para mí es mucho más valioso el papel, crecí y me formé con eso, siento que tiene más peso y no estoy acostumbrada a lo digital. No consumo muchos medios digitales, a excepción de algo de internet y de WhatsApp, que lo uso principalmente para comunicarme con mi familia.

¿Pensás que la persona que ve arte se toma el mismo tiempo de reflexión que antes?

Yo pienso que más o menos sí, lo que pasa es que depende la manera en la que cada uno se aproxima a una obra. Cada persona lo hace con un bagaje cultural, con distintos antecedentes, estudios, viajes. Hoy, el observador tiene la misma libertad para mirar que tiene el artista para crear. El arte contemporáneo no tiene barreras. Últimamente, en las bienales se exhibe mucho arte conceptual que necesita un poco de guía, pero en una obra abstracta, por ejemplo, no. Cada uno puede pensar lo que quiera y está bien, porque no hay mandatos ni para el artista ni para el observador. Cuando cayó el Muro de Berlín, cayeron también las fronteras del arte.

¿Del 2000 a esta época, notás algún cambio radical como pudo haberse dado en aquel 1989?

Del 2001 hacia acá, mucha gente joven se sintió llamada a comprometerse con la realidad. Algunos artistas también, aunque hay cierta moda del arte político. Las personas pueden conectarse con una obra por miles de razones, sensoriales, intelectuales. Como dije, el artista no tiene mandato y el observador tampoco; ocurre qué mientras algunos piensan que una pintura con globos es una pavada, otros se conmueven profundamente pensando en su infancia, y más.

¿Cómo es el artista contemporáneo?

Ese artista, a diferencia de mi generación, es mucho más avispado y especulador en cuanto a la comercialización. Es un artista que investiga a través de las redes, mira imágenes, tiene más información. Antes veíamos diapositivas para aprender. El artista de hoy se mete en Google Art y mira todas las obras del mundo, se enriquece visualmente. Pero, nada reemplaza la presencia del espectador ante una obra, para sentir emoción ante su singularidad. Los artistas hoy no se van del sistema; sacan provecho porque están más informados y pueden buscar becas por el mundo, por ejemplo. Por eso el artista de hoy tiene más recursos, pero no quiere decir que están mejor o peor formados.

¿Al público le interesa el arte?

A cierto público porteño le interesa y mucho, pero el universo del coleccionismo es acotado. Hay varios tipos de coleccionistas. A algunos le interesa lo decorativo, otros se comprometen más con los significados o miran el aspecto económico. Hay personas que usan sus colecciones como manera de estar en un club privado, de socializar con gente poderosa. Pero, los coleccionistas aún son pocos en comparación con la riqueza y diversidad de los artistas de la Argentina.

¿Cuál es la obra que más te conmueve?

Tengo un libro, que se publicará en breve, sobre La isla de los muertos. Es una obra del artista suizo Arnold Böcklin (1827-1901). Hace ocho años, un galerista invitó a varias personas del mundo del mundo del arte a pensar y escribir sobre una obra. Cuando estaba becada en Berlín, en una tarde de mucho frío de enero llegué cansada a la Isla de los museos, que había pertenecido a Berlín Este, y entré a uno de as instituciones. De repente, me encontré frente a esta obra. Perturbadora y bella a la vez, retrata a una barca que va navegando hacia una pequeña islita con cipreses, evidentemente un cementerio. Escribí mi texto sobre esa obra, una de las que más me conmueve.